Fernanda “La Costurera” cumple 100 años

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Fernanda
Fernanda, soplando la tarta de su 100 cumpleaños, el pasado 13 de enero de 2017. A su lado, su hija Encarni.

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Con sus hábiles manos y unos trozos de tela ha vestido a varias generaciones de mujeres en Dos Hermanas

Cuando nació, aún quedaban dos años para que terminara la Guerra Mundial. La Primera. Hoy, un siglo después, Fernanda no tiene ninguna intención de dejar de disfrutar de la vida. La ve pasar desde su privilegiado balcón, esquina de calle Botica con Santa María Magdalena, al que se asoma por las tardes para ver a la gente sentada en los veladores del Turri. El pasado 13 de enero, Fernanda Núñez Claro sopló las velas de su centenario. Dice que se siente “con edad” para seguir cosiendo, pero su hija Encarni, a su lado, me dice que la vista ya no le llega para ensartar una aguja.

Fernanda, “La Costurera”, me muestra su metro, con el que ha tomado medidas a varias generaciones de mujeres de Dos Hermanas. Es el mismo metro que sus menudos dedos manejaban ya cuando, con 14 años, había aprendido lo suficiente en el taller de Conchita (en calle Purísima Concepción) y empezó a coser, por su cuenta, para la calle: trajes de novia, de flamenca, de comunión… nada se le resistía. Se percató de que con esa destreza suya podría ganarse el pan, y se dedicó en cuerpo y alma a la costura. Le daban las telas, y ella, con un lápiz, apuntaba las medidas. Primero, la espalda; después: talle, cadera y largo de la falda. Por ese orden. El día que estalló la guerra, teniendo 19 años, la entrada de los sublevados le cogió con el metro en mano, tomando medidas a una clienta en El Palmarillo.

Fernanda
Alumnas del taller de costura de Fernanda, en calle San Sebastián (Pachico) número 12. Desde la izquierda: Pepa, Rocío Payán, Isabel Peral, Anita “la del Pato” y Encarnita Castillo (hija de Fernanda).

Porque ella sólo trabajaba para señoras. De ropa de hombre sólo entendía de uno: la de su marido, el palaciego Antonio Castillo Silvestre, al que conoció en la calle Francesa y con quien, en septiembre de 1941,   tras seis años hablándole,  se casó en Santa María Magdalena . Antonio (chófer del empresario Eusebio González) falleció doce años después, en 1953, y Fernanda tuvo el valor de seguir adelante sola, con sus dos hijas, Encarni y María.

Todavía me veo con buena edad para seguir, pero la vista no me alcanza para ensartar una aguja

Primero dispuso un taller en calle Quevedo. Al casarse, lo trasladó a su casa, en calle Pachico, justo donde hoy se ubica Muebles Domínguez. En el taller de Fernanda había dos máquinas (una Singer -que pagó a ditas- para coser, y una Alfa, para bordar) y dos chineros repletos de telas de todos los colores, esperando su turno para ser transformados en trajes por sus expertas manos. 20 pesetas era el precio de uno “normalito”. Allí formó, durante muchos años, a niñas (Rocío Payán, Teresa Granados, Joaquina, Merceditas, Antoñita Manzanares, Ani la de Pastora…), a las que enseñaba a coger el dobladillo, hacer ojales, sobrehilados… hasta que se casaban y se iban con su ajuar. Todavía las saluda con alegría cuando se las cruza por las calles de Dos Hermanas.

En su taller, las niñas aprendían a coser hasta que se casaban, y se iban con su ajuar

Su vida ha sido de pocas diversiones. Una vez, si acaso, pudo ir al Valme, y del Santiago ni se acuerda. El Santiaguito chico, el del barrio de San Sebastián, sí que lo disfrutaba, sentándose a la puerta con todas sus amigas. Hoy todo aquello pasó. Aquella Dos Hermanas desapareció. De sus amigas, las que no han muerto, están impedidas. Fernanda, toda simpatía, no tiene prisa por irse con ellas. Muy despacio, al ritmo de sus cien años, me acompaña a la puerta. Me sonríe (“vuelve cuando quieras…”) mientras enrolla, con sus manos pequeñas, a su fiel compañero: el metro.

Fernanda

“En Semana Santa, cosía hasta las 5 de la mañana”

Hasta los siete años Fernanda vivió en la Hacienda San Miguel de Montelirio, donde sus padres, Francisco y María, trabajaban en labores del campo. El matrimonio tenía 8 hijos, de los que Fernanda era la benjamina. Las primeras nociones de costura se la dieron las monjas de La Sagrada Familia. Sin embargo, esta nazarena de los pies a la cabeza nunca pudo disfrutar de las fiestas de su pueblo. Sus fechas de trabajo más intenso eran por el Santiago, Semana Santa, en las comuniones de mayo y en el Valme. “Las clientas venían siempre con mucha prisa. En Semana Santa recuerdo que me quedaba cosiendo hasta las cinco de la mañana para tener listos los vestidos”.

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Comunión de Mª del Carmen Ruiz García, hija del “Chiquitín”. Fernanda guarda las fotos que le regalaban de los trajes que ella había confeccionado.
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