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martes 15 de septiembre de 2026
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Antonio Castro: el niño que se quedó ciego, el hombre que cumplió todos sus sueños

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Antonio Castro Toro
Antonio y su esposa Maruja en el Parque de La Alquería.

Murió en diciembre a los 90 años. Una granada le explotó en la cara siendo un crío. Siempre dijo que fue una suerte, pues le permitió estudiar dos carreras

Recibo la triste noticia del fallecimiento, a los 90 años de edad, de Antonio Castro Toro, conocido en Dos Hermanas como “Antonio el Ciego”. Hace unos años,  le llamé hasta en dos ocasiones para hacerle una entrevista. En la primera, me dijo que se lo pensaría; y en la segunda, declinó amablemente mi invitación. Decía que había “gente más importante que él”.

Para aportar algo a su recuerdo, con la ayuda de dos de sus seis hijos y algunos de sus amigos he alcanzado a escribir esta breve semblanza de un hombre al que todos califican de “bueno, generoso, educado y de firmes valores”.

La explosión que lo cambió todo

Antonio consideró siempre una suerte su ceguera, “porque si no me llega a ocurrir eso, no habría estudiado nunca”, contaba. 

Pero en su momento, que le estallara en la cara una granada de mano de la guerra, fue una gran desgracia familiar. Nació en 1935. Era el cuarto de cinco hijos del matrimonio formado por Manuel (camarero) y Fernanda (aceitunera). Vivían en una casa de vecinos de la calle Lope de Vega, cerca de la cual había un polvero. Antonio, de natural travieso, salió del colegio de Doña Lola, se encontró una granada olvidada de la guerra y, sin saber lo que era, la manipuló en el corral y explosionó. Perdió un ojo y una falange. María, su hermana mayor, lo llevó en brazos hasta la Casa de Socorro. Le pusieron un ojo de cristal, pero él se lo quitaba para jugar a las canicas. Con posterioridad, por una negligencia médica, también perdió la visión del otro ojo. Ciego total, con nueve años fue enviado a un colegio de Madrid donde los niños mutilados de guerra podían estudiar gratis. Allí fue donde este niño nazareno sorprendió a monjas y profesores. Desarrolló una gran capacidad intelectual. No solo terminó sus estudios como bachiller, sino que se quedó en la capital para sacar adelante dos carreras a la vez: Mercantil y Magisterio, cuyo título data de 1954. También estudió Música en el Conservatorio. 

¿Cómo hizo todo eso siendo ciego y en una época en la que no había libros en Braille? “Memorizando”, dice su hija Maru. “Le leían los libros y los memorizaba”. Su portentosa memoria le permitía, según me cuenta su amiga Mari Carmen Moreno, “recitar de memoria pasajes enteros de El Quijote o La Celestina”. También desarrolló un finísmo oído: “En Madrid, cruzaba las grandes avenidas solo por su oído, y llegaba sano y salvo a la otra acera”.

Maruja: su rubia de ojos azules

Antonio solo regresaba a Dos Hermanas por vacaciones. Y se iba corriendo a buscar a María García Aguilar, su “Maruja”, la rubia de ojos azules de la calle Alcoba de la que se enamoró de pequeño en el colegio de Doña Lola. “A mi madre no le gustaba tener de novio un ciego”, comenta su hijo Fernando. “Cuando él llegaba, le espantaba a todos los pretendientes, porque era una de las mujeres más guapas del pueblo. Pero acabó enamorándose de él por su gran inteligencia”.  

Se casaron el 8 de diciembre de 1955, él con 21 años y ella con 26. Cuentan que la boda levantó una gran expectaciión en Dos Hermanas. “Le saltearon el traje y se lo rompieron”, contaba su esposa, fallecida en abril de 2025, ocho meses antes que él.

Un kiosco en la Plazoleta de Valme

Su primer trabajo fue vendiendo cupones. Antes de que la Plazoleta fuera la Plazoleta de Valme, el padre le montó allí un kiosco de prensa y chucherías. Antonio se rebeló. Consideraba que su formación no cuadraba con aquel empleo. Cuando, en 1970, se inauguró el Monumento a la Virgen de Valme, el kiosco se desplazó a la Plaza de la Mina. 

Para entonces, el matrimonio tenía ya sus seis hijos: Maru, Juan Antonio, Fernando, Ana María, Gloria y Menchu. En 1975, Antonio es nombrado jefe de administración de la ONCE en Sevilla, y a partir de ahí su carrera en esta institución es meteórica. Se presentó a unas oposiciones y quedó segundo de toda España. Eligió como destino Dos Hermanas, donde fue director de la delegación, y después lo fue, por este orden, en Jerez, Tenerife, Málaga y Huelva, donde se jubiló con 65 años. “A mi padre”, señala Maru, “le daban miedo los aviones y los barcos, por eso no le gustaba mucho el destino de Tenerife. Le daba miedo todo lo que no tocara el suelo con el pie. Con el tiempo, también le cogió miedo al tren, y dejó de ir a las reuniones de la ONCE en Madrid”.

“Una vida normal”

Jamás se quejó de su condición de invidente. Al contrario, se sentía agradecido. En su vida cotidiana, se manejaba de forma admirable.   “Mi padre”, comentan sus hijos Maru y Fernando, “hizo en la vida todo lo que pudo, dentro de sus limitaciones. Participaba en todo, aunque no viera. A la hora del baño, mi madre nos bañaba y él nos secaba”. 

Era muy independiente. Nunca llevó perro guía. Solo necesitaba su bastón, orden entre sus objetos (para saber dónde estaban), su transistor (con el que se mantenía informado y rezaba el rosario en Radio María), su paquete de tabacos (hasta cuatro cajetillas al día) y a su Maruja, con la que daba largos paseos. “Jugaba al dominó y al ajedrez. Y en el Bar Fifa se llevaba su baraja y jugaba a las cartas con sus amigos”. Mari Carmen recuerda “lo bien que jugaba al juego de la rana, ese que hay que meter una moneda en la boca de una rana de metal. Se guiaba por el sonido y acertaba casi siempre”.

Antonio fue socio fundador de la Peña Sevillista. Una mente privilegiada, un gran conversador, una persona humilde. Deja un gran vacío entre sus amigos y su familia: 6 hijos, 10 nietos y 13 bisnietos.