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martes 15 de septiembre de 2026
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Catalina Jiménez: la niña que vendía dulces en la puerta del cine cumple 100 años

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Catalina Jiménez
Catalina soplando la tarta de los 100 hace unos días.

Su madre murió siendo ella una niña y tuvo que ocuparse de sus hermanos pequeños. A pesar de una vida de escasez, su salud es de hierro y no ha pisado un hospital hasta los 99 

No usa andador ni muletas. Se levanta cada día dando un pequeño salto de la cama. No ha sufrido enfermedad grave alguna. El año pasado, tras ingresar en el Hospital de Valme por un pequeño ictus, la doctora no encontraba su historial clínico… porque no existe. Catalina Jiménez Rodríguez nació en Dos Hermanas el 11 de abril de 1926. Acaba de cumplir un siglo. Lo celebró en el Bar Rafa soplando su tarta junto a sus dos hijas, cinco nietos y un bisnieto. Me recibe con su familia en su piso de La Moneda.

La veo a usted como a una rosa. ¿Cuántos más piensa cumplir, Catalina?

Hombre, yo no me pienso tirar del balcón, así que los que Dios quiera. 

Dicen sus hijas que nunca la han visto con ropa de color. ¿Siempre ha llevado luto?

Sí, desde jovencita. Mi madre murió cuando tenía yo unos nueve años. Después se han ido sucediendo las muertes de mi padre, mi marido y mi hijo Carlos. Y de diez hermanos que éramos, todos se han muerto también y solo quedo yo. Así que siempre he vestido de negro o con colores oscuritos.

¿Cómo fue su infancia? 

No tuve infancia. Tras la muerte de mi madre, mi hermana Frasquita y yo nos tuvimos que ocupar de la casa y de mis hermanos pequeños. Ella hacía la comida y yo fregaba la ropa en el lebrillo. 

Al principio vivíamos en el barrio de San José, y después nos fuimos a la calle Romera. Yo veía a las otras niñas jugando con sus muñecas, pero yo no podía tenerlas. Recuerdo que una vez los Reyes Magos me trajeron un muñeco de barro con los brazos y las piernas así tiesos y estirados. No había otra cosa. Yo he visto, en los años de la posguerra, a gente en la calle comiéndose las cáscaras de los plátanos. Y los gatos también se comían. 

¿Cómo se ganaba la vida su padre, viudo y con tantos hijos? ¿Se volvió a casar?

Nunca se volvió a casar. Mi padre, aunque llegó de Utrera, era muy conocido y querido en Dos Hermanas. Le conocían como “Juan el Dulcero”. Tenía un kiosco de dulces en la puerta de la Plaza de Abastos. A mí me llevaba con un carrito y me ponía en el paseo de la calle Real, en El Arenal o a la puerta del cine, y allí me dejaba vendiendo chufas, altramuces, milhojas y otros dulces. Otro hermano se ponía con su carrito dentro del cine. Cuando acababa la película, mi padre venía a recogerme, porque yo no podía tirar del carro sola. 

Entonces, ¿veía gratis las películas? 

Sí que las veía a veces, pero tenía que estar pendiente del carrito de los dulces.

¿Alguna vez le robaron? 

Una vez me robaron 6 pesetas de lo que había ganado ese día y llegué llorando a mi casa. Mi padre me dijo que no me preocupara. Era un hombre muy bueno.

¿Fue a la escuela? 

Sí, fui a La Almona. Justo enfrente estaba el Cine Ideal, donde me ponía por las tardes a vender dulces.

Es usted guapa ahora con 100 años, así que imagino que de jovencita tendría muchos pretendientes… 

Yo no era ni muy fea ni muy guapa, pero solo tuve un novio, que fue mi marido Manuel Rivas Román. Lo conocí en la puerta del Cine Español. Iba al cine como excusa para verme y comprarme altramuces. Para hacernos novios tuvo que pedirle permiso a mi padre. Nos casamos en 1951. Tenía yo unos 25 años.

Después de casarse, ¿ya no trabajó más? 

No. Mi marido era tonelero. Trabajó en los almacenes de León y Cos, Cuajares y otros, y él no quería que yo trabajara en los almacenes, porque con su sueldo era suficiente. Cuando nos casamos, nos fuimos a vivir a un soberao encima de la casa de mi padre. Allí fue donde tuve el primer parto. El tercero fue ya en la Casa de Socorro. Después ahorramos, compramos un solar en la calle Carlos I de España y levantamos una casa.

¿Cómo pasa los días? 

Tranquila. Me gusta sentirme útil. Yo hacía muy buenos guisos. Ya no hago de comer, pero sí que ayudo a fregar.

¿Ha sido feliz? 

Sí. Es verdad que no he disfrutado de fiestas ni de lujos, pero he tenido unos hijos muy buenos.

¿Toma alguna pastilla? 

La del tiroides, otra para los dolores y poco más.

Con esa genética, seguro que volveré a hacerle otra entrevista cuando cumpla 120. Le deseo mucha salud, Catalina.

Igualmente, David.

Le regalo este abanico. 

Gracias. Me encanta.