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martes 15 de septiembre de 2026
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“Claudio era tan bético que, unos días antes de morir, lo llevamos al estadio y fue feliz”

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Claudio García
Claudio García en 1996, en su etapa de fotógrafo de El Nazareno.

En agosto se cumple un año de la muerte de Claudio García, que fue fotógrafo de el Nazareno. Era muy conocido por su empresa de aires acondicionados

El 3 de agosto de 2024, el Real Betis Balompié se presentaba ante su afición en un partido amistoso ante el conjunto saudí del Al-Ittihad. Ganó el equipo de Pellegrini por 4 a 1, con goles de Ruibal, Fekir, Marc Roca y Juanmi. 

Pero aquel día se jugó otro íntimo partido en la grada. Claudio García, que arrastraba desde hacía ocho años una dura enfermedad, sabía que su final estaba cerca. Pero le faltaba algo por hacer. “No me quero morir sin ver al Betis en el Benito Villamarín”, le dijo a su esposa, Rosario. La oportunidad de cumplir ese sueño llegó. Acompañado por varios de sus nietos, le llevaron en su silla de ruedas hasta su asiento de socio, y no solo disfrutó del partido: fue el que más celebró los goles y el que más alto cantó el himno: “Ahora, Betis, ahora, hay una leyenda que recorre el mundo entero…” En ese mismo asiento, sus hijos esparcerían, solo unos días más tarde, parte de sus cenizas. Claudio falleció el 14 de agosto de 2024, once días después de su último partido.

Luchador y autodidacta

Claudio García Redondo nació en 1942 en Benaoján (Málaga), en el seno de una familia humilde. Desde pequeño se le veía espabilao y “echao palante”. Tanto que, con solo nueve años, envolvió en papel una galleta y se la envió, a través de una amiga, a Rosario Prats, la niña granadina que a él le gustaba y con la que acabó casándose en 1966. Es ella quien, junto a sus hijos Claudio, Chari, Jacinto y Bego, me ayuda a construir este relato.

El motivo que trajo a Claudio y su familia a Dos Hermanas fue su paisanaje con Julio Carrasco, empresario de Benaoján que tenía sus instalaciones de industrias cárnicas en nuestra ciudad. Claudio empezó vendiendo harina por los pueblos, y más tarde se fue un año a Madrid a vender productos de Julio Carrasco, quien por cierto da nombre a una barriada de Dos Hermanas. En 1973 Claudio y familia se instalan en una casita de Las Ganchozas, y él se dedica a repartir chacina. Pero Julio Carrasco echa el cierre y comienzan unos años en los que Claudio se busca la vida de diferentes formas: primero le traspasan una carnicería en la barriada del Rocío (“mi padre se convirtió en carnicero sin saber nada del oficio”, dice su hija Bego), trabajó en el matadero y, por último, montó una empresa de maqunaria de hostelería, que surtía a bares y otros negocios. “Era autodidacta. Leía muchísimo, y eso le ayudaba a formarse”, recuerda su esposa.

El negocio de los aires

Entre otros productos, Claudio vendía aparatos de aire acondicionado. Fue el primero que lo hizo en Dos Hermanas. Y eran tan demandados y se vendían tan bien, que su olfato le dijo que ahí estaba el negocio de su vida. Fue especializándose en aires. Los vendía y también los montaba. Creó la empresa “Friodos”, y más tarde “Teclima”, con la que alcanzó un gran éxito hasta su jubilación. “En verano llegaba a tener hasta ocho o diez trabajadores instalando aires”, comenta su hija Chari. 

“Teclima”, para tener presencia en distintas zonas de Dos Hermanas, aperturó pequeñas sucursales en las calles Romera, Santa María Magdalena, Reyes Católicos y Virgen de los Desamparados.

Pasión por la fotografía

A Claudio le atraía el mundo de la comunicación. Estudió cursos de radioaficionado. Cuando llegaron los nietos (que finalmente han sido siete), se aficionó a la fotografía, hasta el punto de convertirse en su gran pasión. Pepe Márquez, nuestro querido amigo de Fotovisión, fue quien le guio profesionalmente en esos primeros pasos. En esos años, entre 1995 y 1996, le propuse, como redactor jefe de El Nazareno, que colaborara en el periódico como fotógrafo. Aceptó encantado. Fue un magnífico reportero. Le fascinaba llegar el primero a los sitios donde saltaba la noticia.

Bromista

Su viuda, Rosario, resalta de él su carácter bromista. “Un día, estando yo embarazada, me acompañó al ginecólogo, y también venía mi madre. Claudio le metió en el bolso, sin que se diera cuenta, un cenicero que había en la consulta. Al día siguiente la llamó, haciéndose pasar por el médico, y pidiéndole que devolviera el cenicero”. Era un apasionado de sus nietos”, comenta Chari. “Aparecía con espuma de afeitar en la cara y una toalla en la cabeza para asustarlos. O llamaba a la puerta del vecino disfrazado de vendedor marroquí”.

También se vinculó a pequeños equipos de fútbol en Las Ganchozas y en el Club La Motilla, a los que buscaba patrocinadores. En los últimos años, la diálisis le amargó la vida. No podía comer ciertos alimentos, “aunque no se privaba de las patatas fritas del Julián”. No salía de casa, e incluso llegó a deprimirse. 

Con este sencillo artículo, desde El Nazareno hemos querido homenajear a nuestro querido compañero y amigo, fallecido a los 81 años. Sus cenizas reposan en el columbario de la parroquia del Rocío.