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martes 15 de septiembre de 2026
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“Creé el Cineclub de Dos Hermanas, pero todo lo que hice ha quedado sin relevo”

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Manolo Gómez

Manolo Gómez es una institución en el mundo de la programación de cine. Dirigió la Cinemateca de Sevilla. De chaval, fue taquillero en el Cine Rocío

Hablar con Manolo Gómez Román es dialogar con una enciclopedia del cine, un divulgador del séptimo arte cuya labor ha sido reconocida incluso  en el extranjero. Francia lo condecoró con el título de Caballero de las Artes y las Letras. Sin embargo, me da la impresión de que su labor ha sido la de un llanero solitario.  

Manolo, ¿no te sientes reconocido en tu tierra? 

 Estoy muy frustrado y desencantado de todo. Nadie continúa mi labor. Yo fundé el Cineclub de Dos Hermanas, en la Plazoleta, allá por 1976, y años después, en los 80,  continuó con el Interclub, con asociaciones como Orippo o Lienco. En Dos Hermanas, el público ha visto películas que sin mí no se habrían proyectado. Te hablo de filmes que no se habían estrenado en España y se veían aquí. Luché por la enseñanza del cine, he dirigido dos muestras de cine infantil.. pero se ha quedado sin relevo todo lo que hice.

Ahora seguiremos hablando de cine. Cuéntame algo de tu infancia nazarena. 

Yo vivía en la calle Fedriani, actual Cristóbal Colón, cuando era una avenida llena de moreras. Mi padre tenía allí una taberna, pero murió cuando tenía yo cinco años. Mi madre era escogedora en el almacén de Armando Soto. Recuerdo que nos dejaba el desayuno y se iba a trabajar al almacén. Las mujeres han sido las que han levantado Dos Hermanas. Tengo clavada esa imagen de las obreras yendo por las calles aún de noche, como luciérnagas, con sus latas de cisco.

También me acuerdo de Antoñita la Puerca, de las palizas que escuchaba en aquella casa de vecinos. Doña Lola, la maestra, era mi madrina. Junto a ella vivían los Benítez Rufo, y en esa época empecé a reunirme con gente.

Pero tu pasión por el cine viene de antes, ¿no?

¡Claro! De muy pequeño yo hacía mis peliculitas dibujadas, creaba mi ficción, era una una forma de evadirme del mundo de pobreza en el que vivía. El cine forma parte de esa negación de la realidad. 

Con 11 años trabajaba ya en la estación de tren, de meritorio en la oficina de Renfe o descargando barriles. Y con 14 años empecé a trabajar de taquillero en el Cine Rocío de verano, el cine de “los espelucaos”. Se inauguró con la película “Piel canela”. Yo también repartía los cartelillos de mano por la calle. 

El Cine Rocío al principio era lujosísimo. Los lunes se pasaban sus películas al Español. Cuando se inauguró el Cine Español, el Cine Rocio ya existía. El Español se inauguró en la temporada 1945/46 con la película “La túnica sagrada”. Dos romanos repartieron los cartelillos por las calles.

¿Te lo veías todo?

Casi todos los días iba al cine. Me buscaba la vida para entrar. Mi tío, que era tonelero, me daba un duro. A las 6 iba a un cine y a las 8 al otro. En verano podía ver hasta 10 películas al día.

Mira, los martes era el “Día Popular”. Solían ser pelis folclóricas, la entrada era más barata y aquello se llenaba. Los miércoles era el “Día de la Risa”, Cantinflas y todo eso. Los jueves era el “Día de Estreno”. Traían películas buenas, de la Fox o de la Metro Goldwyn Mayer. El lunes se repetía la del domingo. Al Cine Español iban las películas más comerciales. 

¿Qué estudiaste? 

 Estudié en Los Frailes. Después empecé la carrera de Magisterio, y en 1974 me fui a Madrid a estudiar a la Escuela Oficial de Cine, donde hacía prácticas con Pilar Miró. Hice hasta 3º. Me pagaba esos estudios trabajando en revistas en el Teatro Alcázar, con la actriz Esperanza Roy. También soy licenciado en Ciencias de la Comunicación. 

Tu pasión siempre ha sido la semiótica y el cine, y has dedicado tu vida a la pedagogía. Siempre con proyectos vinculados al cine, has vivido varios años en Roma, en Burdeos, en Cuba, e incluso has enseñado cine en la selva de Bolivia. También has dirigido dos documentales, “Niebla” y “Soledad”. Pero, ¿cuál dirías que ha sido tu labor más importante? 

La Cinemateca de Sevilla, la única de Andalucía. Esa fue mi edad de oro de enriquecimiento personal y humano. Lo viví  con mucha fuerza. Fue una etapa muy bonita, en la que se podía consumir cine de verdad, allí en el salón de actos de la UGT. Calculo que traje más de 5.000 películas en dos décadas, desde que empezamos en 1991.  Fue un foco cultural de primer orden, aunque sin ayuda institucional alguna. Era un cine transgresor, cine ruso, latinoamericano, francés. Las películas francesas no tenían licencia y las conseguía por vía diplomática…. Traíamos a los cineastas más reconocidos. Creamos la “Muestra Internacional de la Mujer y el Cine”, cine hecho por mujeres, y hemos dedicado ciclos a Pasolini o a Jack Arnold, entre otros muchos. También organizamos la primera muestra de cine homosexual, pero nos la cerraron.

¿Por qué te condecoró Francia con el título de Caballero de las Artes y las Letras?

 Según me dijeron, por mi entrega, difusión y pasión por el cine galo, cuya filmografía casi al completo pasó por la pantalla de la Cinemateca.

En septiembre cumplirás 75 años. ¿En qué andas ahora? 

 No paro. Me llaman para jurado en muchos festivales, participo en seminarios. Hace poco he impartido clases en la Cátedra de Historia y Sociología de Valladolid. También paso mucho tiempo últimamente en La Alpujarra. Y ya que hablabas de Francia, ese país me ha encargado el museo de Jacques Demy.

¿Te arrepientes de algo en la vida?

De nada. He demostrado que se puede hacer cultura con poco dinero, pero hay que currárselo. Quizás he sido torpe por haber antepuesto criterios románticos a los económicos. Pero volvería a repetir esta vida de enriquecimiento que he tenido, aunque sea un tirao.