José María Delgado tiene 85 años. Conoce bien el mundo de la aceituna. Trabajó 33 años en Villamarín. Escuchó decir a los viejos que hay dos túneles secretos bajo Dos Hermanas
Cumplirá 86 años en abril. José María Delgado Falcón es un nazareno criado en una Dos Hermanas con calles de terrizo en la que muchos niños, como fue su caso, no iban al colegio porque tenían que trabajar. Sin embargo, me recibe leyendo el ABC con una lupa.
¿Donde aprendiste a leer, José María?
En la mili. Nunca fui a la escuela.
¿Cómo fue tu infancia?
Yo nunca fui niño. No recuerdo haber jugado. Mis padres eran los caseros del rancho de Francisquito de Pilar, más allá de Cerro Blanco, en la Cañá de Matalajeme. Yo era el cuarto de cinco hermanos. Ellos se encargaban de las vacas y los cochinos, y yo de las bestias. ¿Quieres que te cuente una cosa que le pasó a mi padre antes de que yo naciera?
¡Vale!
Cuando mis padres (José y Juana) se casaron, se fueron a la Hacienda La Pintá, pero esto que te cuento fue posterior. Ellos vivían en unas chozas en una vereda que había más allá de Bujalmoro. Un día, por allí pasó a caballo una escolta del presidente Azaña, que venía de Cádiz hacia Sevilla. Pararon a preguntar si tenían agua. Mi madre, que tenía a mi hermano recién nacido en brazos, les dijo: “La que hay en la aguaera”, que era una tina de madera con cuatro cántaros dentro. Bebieron. El agua se acabó y fueron al pozo para llenarla de nuevo. Agradecidos, le preguntaron: “¿Cuánto gana su marido?”. “Siete pesetas al día”, dijo mi madre. “Pues desde hoy ganará 14”. Cuando mi padre fue a cobrar, el administrador le dijo: “¡Qué bien te has arrimao!”. Y ese fue el motivo de irse de allí. Le hicieron la vida imposible por la envidia que le tenían.
¿Nunca vivisteis aquí en el pueblo?
Sí, después nos vinimos al pueblo, a una casa de vecinos con dos habitaciones en la calle Velázquez. Con 10 años mi madre me metió en una tienda de ultramarinos de allí de La Pólvora para hacer los mandaos y cuidar una piara de cochinos que tenían al fondo, en una zahúrda. Me pagaban 3 pesetas y un real. Una de las hijas del dueño me dijo: “Te vamos a pagar 3 pesetas, y el real lo echaremos a una alcancía para comprarte un trajecito para el Santiago”. Y así fue.
¿A qué te dedicaste después?
Trabajé en Las Encinillas, por allí por La Corchuela. Ganaba 14 pesetas al día, ayudando al casero a recoger los huevos de las gallinas, y de mandaero. Me quedaba allí a dormir, en un pesebre en invierno, junto a las bestias, y en verano bajo la ventana del capataz. Para que me despertara, me tiraba un jarro de agua a las 5,30 de la mañana. Ordeñaba las cabras, le llevaba la leche para que desayunara y le ponía un cubo de leche en la cocina a la capataza. Yo iba con una burra al pueblo a hacer los mandaos del personal de la hacienda, y la leche la dejaba en la Cuesta de los Marchaos a Rafaela, que la vendía en botellas.
Cuando ya fui un hombrecito, un día le dije al capataz que me iba, y me fui al Sequero, en La Isla, a trabajar el algodón por temporadas.
Veo que te movías mucho de un trabajo a otro. ¿Nunca te quedaste fijo en algún sitio?
He trabajado en muchas cosas, también he limpiado pozos. Pero a lo que más tiempo me he dedicado ha sido a la aceituna. Entré en el almacén de Villamarín, que antes fue el de Terry. Primero fui faenero, después con la carretilla, de pesador y finalmente fui persona de confianza. Estuve allí 33 años. Cuando me salí de la cooperativa, trabajé en el hipódromo aplastando las pistas con un rulo. Y finalmente compré una parcelita en La Viña, ahí por Montelirio, y ahí sembraba de todo.
Hace 9 años falleció tu esposa, Arsenia Polo, con la que tuviste tus hijos José Manuel y Francisco Javier. ¿Cómo la conociste?
La conocí en la calle Real, con 17 años. Nos casamos el 8 de marzo de 1969, yo con 29 años y ella con 27. Nos fuimos a vivir a la calle Reposo, a una casa de vecinos con dos habitaciones. Yo no quería que mis hijos se criaran allí, y me dijo mi mujer: “Yo te voy a ayudar”, y compramos un solar de 100 metros cuadrados en la calle Caracas, en Julio Carrasco, que es donde todavía vivo. El solar costaba 80.000 pesetas; se lo compramos a Manolo Román, el del polvero. Le dimos para empezar 4.000 pesetas, que eran todos nuestros ahorros, y la letra mensual salía en 200. Mi jornal iba para la casa y el de mi mujer (que trabajaba de rellenadora en Ybarra) para pagar la letra.
Cuéntame algo que me sorprenda…
Los viejos del pueblo contaban que desde Alpériz sale un túnel que llega hasta Montequinto, a un local llamado Los Baños. Por ahí se metían las señoras del palacio. Y de la Huerta Capitán, en El Palmarillo, salía un túnel hasta la Torre de Los Herberos.
Pero no hay constancia de eso. ¿Tú te lo crees?
Sí que lo creo.
¿Dirías que has tenido una buena vida?
Diría que sí, una buena vida aunque con mucho trabajo. Fíjate que la primera vez que vi el mar yo tenía 35 años, cuando fui a llevar a los niños a Chipiona.
José María es el único de los cinco hermanos que queda vivo. Lleva una vida activa. Cada mañana camina hasta la casa de sus hijos para ver a sus cinco nietos.



































