
Angel Bernardos fue pionero en el trasplante de hígado en España. Antes de hacerlo con humanos, probó con perros y cerdos. Humilde y generoso, no alardea de sus logros. Si por él fuera, seguiría en el quirófano
La rotonda de la calle Cristóbal Colón, que da acceso a El Palmarillo y a Los Pirralos, es reconocible porque en ella se levanta desde 2018 una escultura que representa dos grandes alas. El monumento, según su autor, Emilio Díaz, “simboliza el momento en el que una persona se va y deja a otra los órganos que le darán la vida”. Es, además de un homenaje a los donantes, la única glorieta en Dos Hermanas dedicada a una persona concreta: Angel Bernardos Rodríguez.
Un ictus sufrido en 2006 apartó a este doctor (salmantino, pero afincado en Dos Hermanas desde 1971) de una vida consagrada a salvar vidas.
Dice la estadística que realizó usted 736 trasplantes hepáticos. ¿Cómo se siente uno al salvar tantas vidas?
He de decirte que no fui yo solo. Al hacer un trasplante, se ven implicados todos los servicios del hospital y es necesaria una coordinación perfecta de casi cien personas. Y no tengo un sentimiento especial. Hacía lo que debía. Estoy orgulloso de haber traído el trasplante a Andalucía. Hoy día está muy normalizado, pero en los años 80 era una utopía. Solo había un médico, Thomas Starzl, que lo hacía en Pittsburgh (Estados Unidos), y me fui con él un año, en 1986, para aprender no solo a operar, sino a conocer el protocolo de actuación que se necesita.
Cuando regresó de Pensilvania, ¿ya pudo hacer trasplantes aquí?
No, no fue tan fácil.Me sentía incomprendido porque nadie creía en el trasplante de hígado. Solo unos cuantos cirujanos me apoyaban. El resto decía que yo estaba loco. El Hospital Virgen del Rocío, donde he desarrollado siempre mi labor, no daba facilidades. Todo eran obstáculos.
¿Cuando pudo hacer el primer trasplante?
En 1990. Antes de irme a Estados Unidos, había un quirófano experimental con animales, fundamentalmente con perros. Incluso teníamos que ir nosotros a buscar los perros. Al volver de ese viaje, hice unos años trasplantes con cerditos. Y sobrevivían.
¿Recuerda a su primer paciente trasplantado?
Sí, se llamaba Marciano. La operación fue un éxito al principio, pero dejó de tomar los medicamentos y falleció a los cinco años. Antes que yo, el primer trasplante en España lo hizo el doctor Margarit, en Barcelona. Poco a poco fuimos haciendo más trasplantes, casi uno por semana, cada vez con mejores resultados.
Ha sido usted durante décadas el Jefe del Equipo de Trasplantes del Virgen del Rocío. ¿Cómo funcionaba el operativo para hacer un trasplante?
Había candidatos al trasplante y teníamos una lista de espera. Yo llevaba encima un aparatito, llamado “busca”, que me sonaba cuando había noticia de un donante.
¿Lo tenía las 24 horas?
Así es. Me ha llegado a sonar estando en la feria o durmiendo, en la cama.
¿Y qué hacía entonces?
Actuábamos con rapidez. Yo en persona iba a por el hígado del donante. Cogía un avión a Santander o adonde fuera y extraía el órgano al donante fallecido. Metíamos el hígado en una nevera, dentro de una bolsa estirilizada y con hielo. Mientras yo hacía eso, otra parte del equipo ya había empezado a operar al receptor en Sevilla. Cuando yo llegaba al Virgen del Rocío, realizábamos el trasplante.
¿El hígado duele?
El hígado no duele. Solo duele si tiene una enfermedad y está inflamado. Cuando abres, ves que el hígado es el órgano mas grande que tenemos en el cuerpo. Por él pasa todo lo que comes. Su tamaño es como dos manos juntas. Pesa un kilo y medio.
¿Cómo compatibilizaba su actividad siendo padre de cuatro hijos?
Fenomenal. Si he tenido algún éxito en la vida, a mi esposa, Conchita García, le corresponde un tanto.
¿Se ha sentido querido por sus pacientes? Me han contado que a su pueblo, Sancti-Spiritus, fueron dos autobuses de trasplantados a un homenaje que le hicieron.
Sí, el primer homenaje fue en mi pueblo, en Salamanca, donde le pusieron mi nombre a una calle. Los trasplantados son muy agradecidos, sienten adoración por ti. La segunda calle con mi nombre la tengo en Sevilla, detrás del hospital. Y aquí, en Dos Hermanas, la rotonda.
Sufrió un ictus en 2006 que le apartó de los quirófanos. Cuando se recuperó, ¿pensó en volver?
Sí, quise seguir, pero es verdad que no estaba al cien por cien de mis capacidades y, sensatamente, no debía operar. Decidí, junto a mi esposa, dejarlo. Pero mis compañeros siguen haciendo una gran labor. No olvidemos que en España somos líderes mundiales en donaciones de órganos.
¿A qué se dedica ahora, a punto de cumplir 80 años?
Riego mis macetas y salimos a dar paseos.
¿Cómo está del hígado?
Bien…¡que yo sepa!
Dio usted esperanza y vida a cientos de personas. Sé que muchos lectores sentirán admiración por lo que hizo, y en nombre de todos, le doy las gracias.
Gracias a ti, David, por acordarte de mí.


































