El maestro tonelero Manuel Sánchez recibe la medalla de Mérito al Trabajo

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Manuel Sánchez

 1958 

Muy querido y respetado en el almacén de Lissén, es el primer nazareno que recibe esta distinción por parte del gobierno de Franco

El pasado 18 de julio de 1957, el compadre de Manuel Sánchez le dijo: “Vete para tu casa y no te muevas de allí.” Al rato, la banda de música del pueblo, acompañada por una representación de las hermandades, apareció en su puerta de la calle Calderón de la Barca y lo llevó, entre marchas y pasodobles, hasta el Ayuntamiento. Allí le esperaba el alcalde, Fernando Fernández, para hacerle solemne entrega de la Medalla de Bronce de Mérito en el Trabajo que recientemente le ha concedido el gobierno. El acto tuvo continuidad y celebración con un ágape en el casino.

Manuel Sánchez
Acto de celebración de la Medalla de Mérito en el Trabajo en el Casino de Dos Hermanas (18-7-1957). Manuel Sánchez está a la derecha de la columna, con corbata negra.

Así es como, rozando la setentena, el nazareno Manuel Sánchez Sánchez ha recibido justo reconocimiento a toda una vida al servicio de un oficio tan noble y tan identificado con Dos Hermanas como es la tonelería. Fue a principios de siglo cuando se inició como aprendiz en el almacén de Lissén, pero su indudable pericia con el chazo y la cuarterola y su capacidad de organización pronto le condujeron al cargo de encargado de tonelería, que todavía hoy ocupa. Es el hombre de confianza de Manuel Lissén para todos los asuntos del almacén; incluso le acompaña a Jaén y otros lugares a comprar aceituna.

La medalla no se le ha concedido por capricho. El principal valor que todos le reconocen, la honradez, lo lleva hasta su última expresión. Cuentan que, cuando va a un almacén de Lora del Río que colabora con Lissén, se monta en el tren con su canasto y no consiente siquiera que su jefe le pague la comida durante su jornada laboral. En época de recolección, es a él a quien vienen a demandarle trabajo. Hace poco, una familia de extremeños llamó a su puerta a las 10 de la noche sin tener dónde dormir, y él mismo los llevó a los comedores de Lissén para que pasaran allí la noche, al resguardo.

Manuel Sánchez
Nave de escogido del almacén de Lissén, con el taller de tonelería al fondo.

Lleva su viudez con dignidad. Su esposa, Josefa Alanís, falleció una desgraciada noche de hace cuarenta años, en 1918, mientras traía al mundo a la única hija del matrimonio. Manuel vive con su hija (Josefa), su yerno (Rafael Moreno) y con su hermana Ana y su marido. Todos le respetan y le consideran el patriarca de su familia, hasta el punto de que él elige los nombres de sus nietos: Manuel, José, Rafael, Conchi, Fernando. En casa, Manuel Sánchez no es Manuel Sánchez. Es “Papaolo”: papá Manolo.

Es Manuel hombre ajustado a una ordenada rutina. Cada mañana hace a pie el camino desde su casa al almacén. A la hora del almuerzo, hay establecido un horario para que todos estén sentados a la mesa, y todos los días comen a la misma hora. Las tardes las reparte entre la misa, el casino (donde se sienta a leer la prensa y mantiene animadas tertulias con sus amigos) y las hermandades de Santa Ana, Valme y Gran Poder, con las que mantiene un fuerte vínculo además de ser hermano. Nunca se le ve en bares y nunca sale de casa sin corbata.

Participó en el rescate de la Virgen de Valme en el incendio de 1936

Manuel SánchezAquella oscura noche de 1936, unos precipitados golpes en la puerta de su casa avisaron a Manuel Sánchez: las llamas consumían con rapidez la iglesia de Santa María Magdalena, y con ella todas sus imágenes. Sin dudarlo un instante se personó en el templo en llamas para participar, junto a otros devotos, en el rescate de la Virgen de Valme. Tres años después, en la primera romería tras finalizar la guerra, Manuel tuvo el privilegio de llevar en sus manos a la Virgen hasta la carreta, como muestra esta portada del diario “ABC” del 25 de octubre de 1939.

Para Manuel hay tres días grandes en el año: el Valme, Santa Ana y la madrugá. Ni él ni ninguno de sus nietos falta, cada Jueves Santo de madrugada, rayando el alba, al solemne paso del Gran Poder por la puerta de su casa, en la esquina de Francesa con Calderón de la Barca.

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