Joaquina Sánchez y Lola Guzmán fueron dos de las 300 boteras contratadas por Libby en 1967. Su trabajo consistía en colocar las aceitunas una a una en el bote, con la ayuda de unas pinzas
Libby´s fue una multinacional de Estados Unidos que decidió abaratar los costes de producción de las aceitunas rellenas. En vez de recibir el fruto a granel desde los almacenes de Dos Hermanas, decidieron instalar aquí una fábrica (junto a la carretera a Cádiz, pasadas las Casas Baratas) y enviar los botes ya envasados. Para ello contrataron a más de 600 personas, la mayoría mujeres: 300 eran faeneras, y 300 boteras. Joaquina Sánchez Castro (78 años) y Lola Guzmán Tacón (77) fueron dos de ellas.
¿Qué supuso en vuestras vidas trabajar en Libby´s?
Nos convertimos en especialistas, y eso nos sirvió para trabajos posteriores. A nivel de instalaciones, comparado con lo que había entonces en Dos Hermanas, fue un gran cambio a mejor. De estar en un almacén húmedo, con botas de goma hasta el sobaco, pasamos a tener taquilla, comedor, duchas, lavabos con espejos y calefacción. También pagaban mejor los americanos.
Por ejemplo tú, Lola, ¿cuanto ganabas?
Nos pagaban un sueldo fijo por hacer la tara, que era un número determinado de botes al día. A partir de ahí, todos los botes que hicieras de más te lo pagaban como un incentivo aparte. Yo ganaba 8.000 pesetas cada dos semanas, y se lo echaba en cara a mi marido, que cobraba lo mismo en un mes en la fábrica de latas.
En los almacenes tradicionales no había boteras. ¿Cómo os formaron?
En el proceso de selección los americanos nos hicieron una entrevista de cachondeo: nos ponían a hacer puzles con un cronómetro delante o a ordenar manojos de lanas de colores. Era para comprobar la destreza en las manos.
El primer requisito era tener el certificado de estudios primarios. Pusieron un profesor para la que no lo tuviera.

¿En qué consistía vuestro trabajo?
Había que colocar las aceitunas en el bote de manera que quedaran perfectamente alineadas, con el pimiento hacia afuera. Nos sentábamos en una silla y delante teníamos las aceitunas en una bandeja cuadrada de acero, con agujeritos para que escurriera la salmuera. En frente ponían los botes vacíos. Con una mano cogíamos un puñaíto de aceitunas y en la otra teníamos esta pinza, que servía para colocarlas una a una.
Cuanto más grande fuera el bote, mejor. El pulguita tenía más trabajo.
¿Qué era el “pulguita”?
Es como llamábamos a un bote pequeñito en el que solo cabían 12 aceitunas. De ese había que hacer 300 al día. En Libby lo llamaban el “tres cilindros”. También estaban el “cinco cilindros”, el “ocho paragón” y el “doce paragón”, que es este.
¿El ambiente era distendido?
Bueno, las inspectoras venían a veces y nos desbarataban lo que habíamos hecho, o le metían un palito y lo arreglaban ellas. Estaban muy encima nuestra. No podíamos coger mucha confianza con las que teníamos al lado, porque a la que veían charlando mucho la cambiaban de sitio. También eran estrictos en la indumentaria: no se podían llevar anillos, cadenas, zarcillos o pintura de uñas. Y por supuesto, el pelo protegido con una redecilla negra con una cofia blanca, con la palabra Libby´s en rojo, El babi era celeste.
Todo muy americano, ¿no?
Sí, hasta nos llamaban por números, como en la cárcel. Yo (Joaquina) era la 91, y Lola la 80. Teníamos una ficha.
¿También teníais que ponerle la tapa al bote?
No, el proceso estaba muy mecanizado. Los botes pasaban a una cintas, y una máquina le ponía las tapaderas y las etiquetas. Eran las faeneras las que estaban pendientes de ese proceso.
He visto a deshuesadoras con las manos deformadas. ¿Os han quedado secuelas por la postura al manejar las pinzas?
A nosotras no, pero a algunas compañeras tuvieron que operarlas del metacarpiano.
¿Alguna anécdota?
Sí. Había una compañera a la que llamaban mucho a la oficina, porque no iba todo lo rápido que debiera. Siempre salía de allí llorando. Una delegada que luchaba mucho por nosotras, Rafaela Castillo, dijo un día: “Esta no llora más”. Salimos todas andando en una marcha desde la fábrica hasta la Plazoleta, que era donde estaba el Sindicato Vertical. Al día siguiente, estábamos todas despedidas. “Sois borregos”, nos dijeron. Nos fuimos todas a casa llorando. Pero a los dos días recibimos una carta de readmisión.
Joaquina estuvo 16 años en Libby´s. Antes, con 10 años, trabajó limpiando en el asilo, de aprendiza de telar en la fábrica de yute y en el deshuesado en Armando Soto. Es soltera.
Lola es viuda. Antes de ser botera, trabajó como niña del suelo en Cabezuelo y de rellenadora en Carbonell. Su especialización como botera le sirvió para trabajar otros 20 años en otra empresas, como Riviana, en Sevilla.



































