La Viña: posiblemente, la venta más antigua de Dos Hermanas

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La Viña
La fundadora de la venta, Josefa Ruiz (a la izquierda, con un cuaderno) y su sobrina Dolores Ramos. Se aprecia, en la pared, un almanaque de 1957, y colgados en el techo, unos chorizos.

 1959 

Es la una de la madrugada. Hace rato que “La Viña” echó el cerrojo. Dos faroles iluminan un azulejo de San José (colocado cuando se terminó la obra de ladrillo, en 1951) que delata, para quien venga de Dos Hermanas, la existencia de esta venta en el camino del cementerio. Por encima de la orquesta de grillos, se escucha el sonido hueco de la herradura de dos caballos y la conversación, queda, de dos jinetes. Son la pareja de la guardia civil, que llega de hacer su ronda nocturna por las haciendas y se ha parado a echar un cigarro a la luz de la venta. Dolores los escucha y se levanta de su cama. Prefiere no despertar a su querida tía, Josefa, la matriarca del negocio, que tiene ya una edad y se ha llevado todo el día en el mostrador. Abre la puerta y les pone un café a los guardias. “No es necesario, Dolores”, dice uno. “No es molestia”, contesta ella. Aunque está cerrado, siempre es bueno llevarse bien con la autoridad. Al irse los civiles, Dolores vuelve a la cama e intenta conciliar el sueño. En un rato, a las cinco, aparecerán los primeros manchoneros que van a faenar a las haciendas de esta parte de Dos Hermanas.

Dolores cae por fin rendida tras un intenso día. El arroyo de la Dehesa venía hoy con tanta corriente, tras las últimas lluvias, que muchos no se atrevieron a cruzarlo y se volvieron, haciendo tiempo en la venta, a la espera de que bajara el nivel del agua. El patio se llenó de macacos y otros enseres de campo y el mostrador de clientes tomando vino y aguardiente. Mañana será otro día…

El cementerio es la vida

“La Viña” está enclavada en un cruce de caminos. Situada en el camino al cementerio de San Pedro, por su puerta pasan todos los entierros, y eso es garantía de clientela. El agosto, aquí, se hace en noviembre. El día de Difuntos, y el de Todos los Santos, ponen en la puerta un puesto de agua, con botijos. También se detiene aquí, a diario, la gente de campo, la que se dirige a haciendas como Los Adaínes, Los Cantosales, Quintos o Echagüy.

Vino, tabaco y cuchillas de afeitar

A las 5 de la mañana ya están abiertas las puertas de “La Viña”. Se sirve aguardiente, vino, panceta, sardinas en arenque. Pero el verdadero negocio está en la tienda, donde se vende de todo a granel: azúcar, lentejas, garbanzos, maíz, alpiste, vino. Hasta aquí se acercan los vecinos de la Vereda de El Garaje para adquirir (aunque lo dejen fiao) desde tabaco, pan o fruta a unas cuchillas de afeitar. Si escasea la mercancía, “La Viña” nunca falla: se consigue de estraperlo.

La Viña
En su origen la venta tuvo los techos de paja. En esta foto, de 1951, se observa la fachada de la venta, recién reconstruida, con los dueños y la cuadrilla de albañiles.

Una choza de madera levantada sobre 1910

La venta se levantó sobre 1910. Josefa Ruiz Robles y su marido eran los capataces de una viña situada algo más arriba, hacia Las Cruces. Adquieren este terreno y construyen una choza a la que llaman “La Viña”. Al fallecer su marido, Josefa manda llamar a Dolores Ramos, una pariente suya de 15 años de El Saucejo, que se incorpora al negocio en 1931. Ambas viven en los dos dormitorios que ocupan la parte izquierda del actual edificio. Les echan una mano Manuel Moreno (hijo de Josefa y pareja de Dolores) y Natividad López, una joven del barrio que se encarga de las tareas domésticas. Todos forman la gran familia de “La Viña”.

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