Las Hijas de la Caridad de San Vicente y su colegio de la Sagrada Familia (y II)

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San Vicente

He hablado en el capítulo anterior de la personalidad de San Vicente y tengo que decir también algunas palabras sobre Santa Luisa de Marillac. Nace en 1591 y muere en 1660. Ella crea la Compañía junto con San Vicente, reformando la atención y la acogida a toda clase de pobres en la necesitada Francia de su época. Se  ocupó así de hospitales, orfanatos, casas de expósitos, asilos, hogares de adopción, instituciones psiquiátricas y centros de ayuda. Nació en París en una noble familia de Auvernia, hija natural de Louis I de Marillac (1556-1604), caballero y señor de Ferrières-in-Brie i de Villiers-Adam. Tuvo la desdicha de no conocer a su madre y su padre murió cuando tenía trece años. Sin embargo fue bien cuidada y recibió una esmerada educación en el monasterio real de Poissy, cercano a París, donde su tía era monja dominica. En 1604, muerta su tía, viajó a París y se puso bajo la tutela de su tío Michel de Marillac (1560-1632), futuro canciller de Francia.  En esta época aprendió a llevar una casa y lo que considero más importante entró en los ambientes de la Reforma católica, frecuentando las capuchinas del Foubourg Saint-Honoré. Además, llevada de sus ansias de perfeccionamiento, pensó en ingresar en alguna congregación e hizo voto de servir a Dios y al prójimo pero por presión familiar casó en 1613 con Antonio Le Gras, hombre joven y ambicioso que parecía llamado a grandes logros en el mundo. En el primer año  de  matrimonio tuvo su único hijo. Luisa aunque vivía volcada hacia su familia anhelaba todavía una vida de mayor servicio a Dios cumpliendo su voto de dedicación total a Él.  Al poco de nacer su hijo, enfermó su marido y cayó postrado en cama con una enfermedad crónica. En 1623 escribió una frase que sería clave: «En la fiesta de Pentecostés durante la Santa Misa cuando yo estaba haciendo oración en la iglesia, mi mente fue completamente liberada de toda duda. Me aconsejaron que debía permanecer con mi marido y que llegaría un tiempo en que estaría en posición de hacer votos de pobreza, castidad, y obediencia y estaría en una pequeña comunidad dónde otras harían lo mismo». La iglesia donde oía misa en ese momento era San Nicolás de los Campos. Tuvo también la visión de que tendría un nuevo director espiritual –San Vicente de Paúl- que le sería nombrado por el anterior San Francisco de Sales. A los dos años murió su marido y Luisa se pudo consagrar mejor al destino de su vida.

San Vicente se convirtió en su director espiritual en 1625. Durante los ocho años siguientes se comunicaron a menudo a través de cartas y reuniones personales. En 1632 Luisa hizo un retiro para buscar una guía interna con respecto al próximo paso a dar. Su gran intuición, digan de una mujer elegida por Dios, le llevó a comprender que había llegado el tiempo de ir al mundo a ayudar y consolar a los pobres y necesitados manteniendo una vida espiritual interior. Luisa se sintió preparada para esta misión y comunicó estas aspiraciones a Vicente. En el siglo XVII  en Francia el cuidado de los pobres pasaba por momentos de desorganización y caos. Muchas personas poco privilegiadas eran víctimas de la inexistencia de cuidados o de las malas condiciones hospitalarias. Las «Señoras de la Caridad», fundadas por San Vicente muchos años antes, proporcionaban algún cuidado y recursos monetarios, pero ello no bastaba. Al comienzo de 1633 Luisa asumió la tarea dura y difícil de organizar este estado de cosas. Aunque las adineradas Señoras de la Caridad tenían fondos para ayudar a los pobres, no tenían el tiempo, el temperamento y, sobre todo, la vocación para servirlos. Santa Luisa y San Vicente recurrieron en cambio a jóvenes humildes del pueblo con fuerza, valor y vocación para servir a los pobres. Con un grupo de cuatro y von el lema «Amar a los pobres y honrarlos como honrarían al propio Cristo» fundó la Compañía de Hijas de la Caridad que pronto extendió su trabajo por Francia y Polonia llegando a orfanatos, hospitales, centros psiquiátricos, colegios, los campos de batalla de la ‘Guerra de los Treinta Años’. En 1660 murió seis meses antes que su amigo, mentor, confesor y guía espiritual San Vicente de Paúl. Así pues, está claro que Cristo para su Compañía quiso un gran hombre y una gran mujer.

Pero es hora ya de pasar a las Hijas de la Caridad y su Colegio de la Sagrada Familia de Dos Hermanas. El matrimonio formado por don Manuel Alpériz y doña Juana González, propietarios de la fábrica de yute que tanto trabajo dio en Dos Hermanas durante décadas, quisieron instruir a sus empleados, especialmente a los jóvenes y además, deseaban educar a los hijos de éstos. Hay que tener en cuenta que la fábrica de yute supuso que creciera Dos Hermanas en población y se necesitaban más maestros y maestras para la nueva población infantil. Para llevar a cabo esta labor tan encomiable llegaron cuatro Hijas de la Caridad: sor Rafaela Francés de cuarenta años que fue la primera hermana sirviente –nombre que le dan las Hijas de la Caridad a la superiora- y tres jóvenes que fueron Sor Teresa Sánchez, Sor Concepción Callejas y Sor Victoria Silva, las tres de unos treinta años de edad.

Antes de instalarse en su ubicación actual, pasaron por el viejo callejón del Espino –la calle Lamarque de Novoa-, la calle Santa Ana en la hacienda de Nuestra Señora de los Dolores o de Montefrío y la calle de la Mina. Pronto empezaron la formación de las niñas de la villa de todas las clases sociales. En efecto, si por algo se ha destacado el colegio en toda su historia es por la formación de niñas y también niños de todos los sectores económicos y sociales de la población nazarena.

Entre los momentos importantes del colegio, destacan su legalización como centro escolar de la red pública en 1948-1949 o que en el curso 1970-1971 se transformó el colegio con la construcción de un nuevo edificio de aulas paralelas al callejón Giner de los Ríos.  A su vez en 1972 llega la Educación General Básica y con ella las primeras maestras seglares que tan buen recuerdo han dejado en el colegio y que tan buen recuerdo tienen ellas del colegio. Por último, y siguiendo el discurrir de los tiempos,  en 1998 se realiza una profunda reforma del colegio para albergar la Educación Secundaria Obligatoria y se le configura dando la imagen que da en la actualidad  con una planta más en el antiguo edificio de la calle Real Utrera. A su vez, se crean aulas específicas de informática, laboratorios, tecnologías y audiovisuales.

Pero me gustaría antes aún de hablar de las hermanas que son muchas y de las que tan sólo podremos nombrar alguna y de manera muy parcial, tratar sobre la obra que las Hijas de la Caridad, muy especialmente las del colegio, han dejado en el pueblo. Y, en primer lugar, me gustaría hablar de la devoción a la Virgen Milagrosa que se extiende como un reguero en Dos Hermanas y que tiene su muestra en la Asociación de la Medalla Milagrosa de la Parroquia de Santa María Magdalena y en la gran devoción que existe en el colegio. Este amor se ha centrado, sobre todo, en la imagen que se venera en la capilla actual del colegio, donación según se dice de don José Gómez Mártin, acaudalado nazareno y alcalde del pueblo. Se veneraba antes en la antigua capilla del mismo colegio donde se le dedicaba una solemne novena que era muy frecuentada por los nazarenos, igual que el triduo que hoy se celebra en la Parroquia del Ave María y San Luis por la comunidad educativa o el que celebra la Asociación en Santa María Magdalena.  En estos malos tiempos que pasa Dos Hermanas y el mundo en general, con la desazón ante los problemas políticos de todo tipo, las guerras, que parece que no van a acabar, la amenaza terrorista, la rebeldía de la Naturaleza ante el ataque del hombre, siempre se nos revela María Milagrosa, Inmaculada Concepción, como refugio ante tanta catástrofe. Ello Dos Hermanas lo entiende bien teniendo en esta singular advocación una de sus mayores devociones. Esta Virgen Milagrosa dulce y bella, que se venera en el pueblo de muchas formas y en diversos templos es nuestro principal auxilio y debemos, indudablemente, a las Hijas de la Caridad la propagación de este singular culto por el pueblo.

También me gustaría referirme al nivel de enseñanza que ha alcanzado el colegio que lo hace ser uno de los mejores de Dos Hermanas. Cierto es que ha pasado por épocas no tan brillantes pero considero que, ahora mismo, tiene un nivel alto sobre todo por el esfuerzo que pone la comunidad educativa formada por las hermanas, los profesores seglares, los padres y el alumnado.

Tengo la experiencia de haberme encontrado en bachillerato muchos alumnos de la Sagrada Familia con un excelente nivel, unos mejores otros no tan buenos pero con un excelente término medio. Espero que siga así, por lo menos en líneas generales, y que  se pueda hablar de la Sagrada Familia como uno de los grandes colegios de esta Dos Hermanas que encara con esperanza este proceloso siglo XXI.

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