“Llegué a El Tomillar como tuberculoso, me casé allí y acabé siendo enfermero”

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José Anula Enamorado
Nació en 1931. El 8 de enero cumplirá 89 años. Su madre era de Los Palacios y su padre vino de Bailén para trabajar con los tractores en Bujalmoro. A José, al que vemos aquí en el patio de su casa, no se le borra la sonrisa de la cara a pesar de haber visto la muerte tan de cerca. O quizá porque la conoce bien la relativiza. Hoy es viudo y vive con su cuñada y bien atendido por sus dos hijas.

José Anula Enamorado no solo tiene original su nombre: su vida ha sido un cúmulo de aventuras en aquel sanatorio del que pocos salían vivos

Le faltan varias costillas y medio pulmón, pero José Anula rebosa energía y buen humor. Nos recibe en su casa del barrio Pachico, muy cerca del hospital donde transcurrió buena parte de su vida.

Llegó a El Tomillar para salvar la vida y al final pasó allí toda una vida.

Pues sí. Ingresé en 1959, con 28 años, me enamoré de una de las lavanderas, me casé con ella allí mismo en el sanatorio y después de curarme me ofrecieron un puesto de enfermero.

Contraer la tuberculosis en aquellos años era casi sinónimo de muerte, ¿no?

Fíjate si era así que la gente pasaba por la puerta con un pañuelo en la boca para no contagiarse. Allí no paraba de morir gente. Murieron muchos compañeros mientras hablaban conmigo. Una noche, cuando ya trabajaba de enfermero, me encontré ocho muertos en las camas. Y a veces nadie reclamaba los cadáveres, iban directos al cementerio. Una vez encontraron a una vaca relamiendo los huesos de una mujer de Marchena, que había muerto entre los pastos detrás del sanatorio.

¿Pensó que algún día te tocaría a usted?

Nunca pensé que me iba a morir. Aquí me tienes.

¿Cómo contrajo la enfermedad?

Yo nací en Las Cabezas. Éramos una familia muy pobre, pasé hambre en la guerra, iba descalzo. Trabajé en el arroz y con la máquina de trillar. Un día, descargando unos sacos, tosí y escupí sangre. Seguramente me lo contagió una hermana que también la tenía.

¿Cómo era el día a día en El Tomillar?

Éramos 6 en mi habitación. Estábamos todo el día en pijama. Tras el cafelito y la tostá nos poníamos en las butacas de las terrazas a tomar el sol. El médico pasaba revista y a las 12 sonaba la campana y jugábamos al dominó hasta la una. Comíamos, después a las 2 venía la siesta y silencio hasta las 5, cuando sonaba otra vez la campana.

Una vida muy monótona, ¿no?

Sí, como no se podía salir, oíamos la radio con unos cascos. En los cuartos había altavoces pero eran solo para escuchar el rezo de las monjas: a las 11 y a las 7. Una vez, a un muchacho le dolía la cabeza porque los altavoces sonaban muy fuerte. Se levantó, quitó el cable y lo echaron del sanatorio. También leíamos revistas y libros. Nos visitaban voluntarias o “madrinas de reposo” y les pedíamos cosas para que nos las trajeran de Dos Hermanas. En el Santiago venían cantaores. Recuerdo a Pepe Pinto, la Niña Antequera y Pastora Pavón. Un par de veces hicimos una becerrada y yo toreé una vaquilla.

José Anula Enamorado
1963. José y Josefa recién casados, en la puerta de El Tomillar.

¿Mujeres y hombres estaban separados?

Sí, ellas en la planta de arriba. Cuando había una pareja de novietes, ellas hacían el café y con una cuerda les bajaban la taza por la terraza. Las veíamos en misa, los domingos. Había que ir a la fuerza, nos arreglábamos. Las ponían delante y a nosotros detrás.

¿Las monjas permitían los noviazgos?

Sí, y además achuchaban para que se hicieran parejas, de hecho se apañaron varios matrimonios. A Josefa le decían “¡Qué apañaíto pa ti el Anula!”

Pero a usted ya le gustaba Josefa Martínez (la que después sería su esposa) antes de eso, ¿no?

Claro. Ella era lavandera en el sanatorio, ocho años mayor que yo, natural de Doña Mencía. Hubo besos clandestinos, nos hicimos novios, y tras dos años nos casamos en 1963 allí mismo, en la capilla del Tomillar. Levanté esta casa. En 1964 nació mi hija Rosario y en 1965 María José.

Cuando se casó, ya tenía usted dado el alta. ¿Por qué no se fue de allí?

Porque me habían cogido cariño y el director me preguntó si me quería quedar de enfermero. Ten en cuenta que, debido al peligro de contagio, pocos querían trabajar allí. Eran labores desagradables. Una cocinera, por ejemplo, era de La Puebla. Su marido estaba allí ingresado y la contrataron en cocina.

¿Cuáles eran sus funciones de enfermero?

Hacía mandados, repartía comidas, levantaba a los enfermos, les ponía el “perico” (una cuña para sus necesidades), ayudaba a bajar a los fallecidos. Había escupidores de aluminios donde los tuberculosos arrojaban sus esputos. Todo se limpiaba a mano. Con el tiempo llegaron las modernidades, pero yo nunca vi ni un guante de goma. Los últimos años me encargaba del oxígeno en las operaciones.

¿Qué le pasó una vez con un cadáver?

Los ascensores a veces no iban. Murió un enfermo, y yo, que me había tomado dos o tres vinos, me eché el cadáver al hombro para llevarlo al “Dormitorio de los Muertos”, al que se llegaba atravesando el campo. Pero con la medio borrachera, tropecé y me caí al suelo con el muerto. La hermana Celia vino corriendo y yo le dije: “Hermana, que me he caído con el muerto ¡y por poco lo mato!”

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