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martes 15 de septiembre de 2026
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Pepe Sedeño: la estrella del Sevilla F.C. que echó raíces en Dos Hermanas hace un siglo

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Sedeño
Selección andaluza que el 25 de enero de 1925 se enfrentó al equipo nacional de Hungría. Sedeño es el sexto desde la izquierda.

En 1938, ya retirado de la élite, se casó con una nazarena y vivió varios años en calle Melliza. Sus hijas y nietos se quedaron aquí

El presidente del Sevilla Fútbol Club, Ramón Sánchez Pizjuán, fue uno de los importantes cargos que asistieron al multitudinario entierro de José Rodríguez Sedeño, fallecido el 12 de junio de 1941 con solo 42 años. Murió repentinamente de una embolia cerebral el día del Corpus. Fue atendido precisamente por el médico del Sevilla, Antonio Leal Castaño, que no pudo salvar su vida.

“Sedeño”, como era conocido en el mundo del balompié, estaba considerado uno de los mejores defensas del fútbol español de los años veinte. Se enfrentó, entre otros, a delanteros como el mítico “Pichichi”, del Athletic de Bilbao. En su palmarés acumuló 13 Copas de Andalucía en aquella época en que aún no se disputaba la Liga española. Empezó a entrenar en el Sevilla con 16 años y enseguida los técnicos reconocieron sus capacidades físicas y técnicas. Entre 1919 (año de su debut) y 1933, disputó 96 partidos con el Sevilla, único club en el que desarrolló su carrera. Formó parte de aquel temible equipo cuya delantera, integrada por Escobar, Spencer, Kinké, León y Brand, fue bautizada como “la línea del miedo”.

Esposa nazarena

Muy poco se ha escrito sobre este gran deportista, y en las breves reseñas que ofrece internet no se menciona en ningún caso que Sedeño, aun siendo sevillano de nacimiento, echó raíces en Dos Hermanas y que sus hijos y nietos son nazarenos. Le trajo hasta aquí el amor, que en su caso se llamaba Francisca Sánchez Montes, una linda muchacha de ascendencia cordobesa (de Rute y Lucena) cuyos padres habían encontrado en Dos Hermanas un buen lugar para progresar. 

A pesar de ser una celebridad en Sevilla, Pepe Sedeño nunca vivió del fútbol. Estudió para ser delineante en la Escuela Industrial de Artes y Oficios de Sevilla y trabajaba en el Negociado de Maquinaria del Ministerio de Obras Públicas.  Al  concluir su jornada de trabajo,  se iba al campo de fútbol. Se quitaba sus zapatos nuevos, los colgaba en el larguero de la portería, y se ponía los viejos para entrenar.

Un compañero de trabajo, Manuel, al que él llamaba “mi hermano pequeño”, le presentó un día a su hermana Francisca, que en ese momento ya tenía un novio. Pero se ve que Sedeño no sólo era hábil con las piernas. También gozaba de buena labia, y con ella sedujo a Francisca hasta conseguir que dejara a su novio y finalmente se casara con él. 

Como Francisca quería vivir cerca de sus padres y no en Sevilla, en octubre de 1938 el joven matrimonio se instala en una casa de alquiler frente a la oficina de Correos de la calle Melliza (entonces llamada Francisco Díaz). Pepe solo tenía que salir de su casa hacia la cercana Plaza del Arenal para coger el tren y desplazarse cada día a la Plaza de España, donde trabajaba.

El Gran Poder, testigo del parto

Pepe y Francisca tuvieron dos hijas: Carmen y Josefa, que estudiaron en el Colegio Santa Ana. La más pequeña, Josefa, nació tras fallecer su padre. La mayor, Carmen, me cuenta de viva voz que vino al mundo el 19 de marzo de 1940 en aquella casa de calle Melliza: “En el momento del alumbramiento, pasaba el Gran Poder por la esquina”. Era la primera vez que procesionaba tras el paréntesis de la guerra. Los integrantes de la cofradía, en el silencio de la madrugada, volvían la cara hacia “la casa del futbolista”, desde la que salían los gritos de dolor del parto de Francisca. 

La vida de Sedeño en Dos Hermanas no pasó desapercibida. Era sencillo, nada orgulloso. Se hizo querer y respetar. “Todos callaban cuando hablaba, porque lo hacía con mucho juicio”, recuerda su hija.  Quería dedicar su tiempo a cuidar de su madre, Concepción, y al deporte, ya que además era un experto en saltos de trampolín. Su pasión por el fútbol era tal que en plena guerra, ya retirado de la élite, se hizo cargo en Dos Hermanas de un equipo de cadetes que disputó algunos partidos amistosos en otros pueblos, como Utrera.   

Su prematura muerte le sorprendió siendo vecino de Dos Hermanas. Con gran consternación y sorpresa, la prensa sevillana se hizo eco de la fatal noticia. Le fue concedida la Medalla al Merito futbolistico. En un partido homenaje tras su muerte, se recaudaron 15.000 pesetas, con la que su familia compró una casa en calle Alcoba. En 1988, 47 años después, sus cenizas fueron esparcidas por su hija en el césped del estadio Sánchez Pizjuán.