Rafalete abandona tras 17 operaciones y torear con los dedos del pie amputados

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Rafalete
Rafael, hermano de Joselito Montero, también torero nazareno.

 1961 

Después de cuatro años ingresado, volvió a los ruedos y debutó en Las Ventas y La Maestranza

Pocas historias se recuerdan en el mundo del toreo como la del nazareno Rafael Montero “Rafalete”.En 1951, con solo 17 años, formó un escándalo con el capote en San Fernando. Los críticos le señalaban como figura del toreo y lo comparaban con los grandes. Unos días después, en la Plaza de Toros de Cádiz, entró a matar (de esa original forma que tanto gusta: sin adelantar el pie y entrando recto a las agujas) pero salió rebotado, y el toro, en su agonía, le cayó sobre la pierna. El chaval cayó a tierra, tendido con los brazos en cruz. Enmudeció la plaza, pensando que era una cornada. Hizo el ademán de levantarse pero no pudo. Tenía la tibia rota. En la enfermería, mientras lo escayolaban, le dieron las orejas por su gran faena.

Rafalete
26-3-1961. En el cartel de Madrid, “Rafalete” de Dos Hermanas.

Se le gangrenó la pierna

Aquel tonto accidente fue el inicio de un largo calvario. Una mala praxis médica le provocó una gangrena en el pie por falta de circulación sanguínea. A punto estuvieron de cortarle la pierna, pero el empeño de un doctor, Luis López Durán, se la salvó, aunque le acabaron amputando los cinco dedos a la altura del metatarso. Finalmente, tras 17 operaciones y ¡cuatro años! ingresado en el Sanatorio de Toreros de Madrid (record de este hospital), salió de allí con muletas y con la certeza (la de los demás, no la de él) de que no volvería a vestir de luces. Pero el pundonor y vocación del muchacho de Dos Hermanas son infinitos y, aunque sin medio pie, se obsesionó con volver a torear. Tras probar con diversos tipos de calzado y algodones para dar estabilidad a la pierna y mejorar el juego de tobillos (que también perdió), finalmente le fue colocado en Alemania un aparato ortopédico y reapareció hace tres años (1958) en Vitoria.

Rafalete
Rafalete, el pasado 26 de marzo en Las Ventas. Apréciese cómo apoya su pie derecho sobre el talón para conseguir estabilidad.

Madrid, Barcelona y Sevilla

Pronto quedó claro que en su convalecencia no se le olvidó torear. A pesar de un leve hormigueo en la pierna, se defendía bien ante el bicho. Una espectacular faena en Ontur (Murcia) el pasado 19 de marzo le abrió las puertas de las grandes plazas. Una semana después debutó nada menos que en Las Ventas , con cuatro corridas. Como no quiere inspirar lástima, al dar la vuelta al ruedo camina hacia atrás, para disimular la cojera. Después vinieron la Monumental de Barcelona… y Sevilla, el pasado 18 de junio. El primero en La Maestranza fue manso, pero el segundo vino resabiao y, en el forcejeo, Rafalete se dio cuenta de que le falta fuerza en esa pierna. A finales de este septiembre tuvo un mano a mano en Pozoblanco con otro chaval que empieza (“El Cordobés”, le llaman) aunque ya ha confesado a sus íntimos que no puede desarrollar sus facultades con plenitud. De nada sirvió tanto esfuerzo; medita anunciar en breve su retirada. Tiene 27 años y toda la vida por delante. Deseamos al valiente nazareno mejor suerte en sus futuras ocupaciones.

Rafalete mamó en su casa el toreo. Su padre, Eduardo Montero “Sidranda” (natural de Morón) fue un gran aficionado, y su hermano Joselito, ocho años mayor (le enseñó los primeros pases), toreó incluso en plazas de América hasta hace poco. Ahora despunta el pequeño, Currito Montero, que tiene 21 años y al que ya apodan, por su magia, “El Brujo”.

La pata del toro, a la cazuela

RafaleteTres veces en su carrera ha logrado nuestro paisano el trofeo que ven: las orejas, el rabo…¡y la pata del toro! Buena cuenta de esta última da su madre, Dolores González, que elabora unos callos exquisitos para toda la familia. La imagen corresponde al 3 de julio de 1951, cuando puso boca abajo la Plaza de Toros de San Fernando esa mágica tarde y tres más. El nazareno, que dejó “embriagado” al público tras recibir de rodillas al toro y una faena perfecta, dio dos vueltas al ruedo e impresionó al mismísimo Juan Belmonte, quien le ofreció una novillada con picadores en Cádiz.

En aquella corrida, que podría haber supuesto su consagración, ocurrió lo impensable, como se cuenta arriba. Sin recibir cornada alguna, esa tarde cambió su vida. Era el 29 de julio de 1951.

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