Julio García de la Vega atesora cientos de miniaturas y artilugios fabricados por él mismo. Las locomotoras son tan perfectas que funcionan con vapor
Vive en la calle Melliza, en la misma casa donde su madre le dio a luz. Con sus capacidades ahora algo mermadas por la enfermedad del virus del Nilo, Julio García de la Vega volcó su talento en la fabricación de todo tipo de maquetas, de un virtuosismo tal que sus piezas han participado en exposiciones en España, Alemania, Polonia y Sudamérica.
¿Desde cuando te gustan las manualidades?
Desde pequeño. Para mí el taller que tenía mi abuelo, José Salguero, en la calle Alcoba, era el paraíso. Era ebanista, y allí empecé a fabricar mis primeras cosas de madera.
Hacer maquetas ha sido la gan afición de tu vida. Pero, ¿con qué te has ganado la vida?
Mi primer trabajo, en 1967, fue de mantenimiento en León y Cos. Me dedicaba a arreglar las averías de las máquinas. Y en 1970 entré en Uralita, donde muchos de los cinco mil trabajadores éramos de Dos Hermanas. Allí fui enlace sindical. Con 42 años me jubilaron por enfermedad. El médico de la empresa dijo que era “asmático”, pero después se descubrió lo del amianto, y que sufría de asbestosis, como tantos compañeros de Uralita.
Dice tu hija que tu casa era “Reparaciones Julio”, porque jamás ha entrado aquí un fontanero o un electricista.
Y no miente. A mí siempre me han encantado las máquinas, y en mi casa nunca se tiraba nada. Arreglaba los motores hasta de los secadores de pelo, o les daba otra utilidad.
¿Cómo empezaste en el mundo de las miniaturas?
Empecé fabricando aviones, que volaban por radiocontrol. Veía los modelos en revistas y yo los hacía idénticos, con madera de balsa y forrados de seda. Nos íbamos a Tablada a volarlos los domingos, porque para mí una miniatura ha de tener utilidad o no me valía.
Después de los aviones vinieron las cañas de pescar (que hacía con cañas de bambú del parque de La Alquería) y, más tarde, una tercera etapa en la que fabricaba coches de caballo a escala. Los tapizaba con retales de cuero que le compraba al zapatero Navarrete, en la calle Lope de Vega.
¿Vendiste alguno?
Yo siempre he hecho las cosas por gusto, nunca con una intención lucrativa. Pero estos coches de caballo eran tan bonitos que el Banco Hispano Americano me compró 12 y se los regaló a sus empleados en una Navidad.
¿Lo siguiente ya fueron las locomotoras?
Sí. Hacía locomotoras idénticas a las originales. Me compré, para el taller que tengo al fondo de la casa, un torno, con el que podía fabricar todo tipo de piezas metálicas, incluso los tornillos de la máquina de vapor.
Mis locomotoras funcionaban con vapor. Un aficionado a los trenes en miniatura, Federico Sánchez Bedoya, vino a ofrecerme una cantidad indecente por una. No se la vendí, pero nos hicimos amigos e íbamos juntos a las Asociación de Amigos del Ferrocarril para presumir de máquinas. Como ves, tengo mi casa llena de vitrinas con todo tipo de locomotoras. Todas funcionan.
Si hubieras nacido en el siglo XIX, ¿qué profesión habrías tenido?
Estaría conduciendo una locomotora, seguro. Me fascina la época en la que Watt inventó la máquina de vapor.
Tu gran talento no pasó desapercibido. ¿Quiénes vinieron a buscarte?
En 2002 el Museo Arqueológico Nacional de Madrid organizó una exposición, llamada “Artifex”, que mostraba los procesos de la tecnología utilizada por los romanos en España. Fabriqué por encargo un tornillo de Arquímedes, molinos de agua y otros inventos de los romanos. Algunos eran estáticos y otros se movían. En 2005 esa exposición fue itinerando y pudo verse en Sevilla y en Dos Hermanas. RENFE también me ha encargado trabajos.
Estos trabajos sí los cobrarías, ¿no?
Claro. Ahí fue donde me cambió el chip y empecé a darme cuenta de que a la gente le gustaban mis maquetas y pagaba por ellas. Por el molino romano me dieron un millón de pesetas.
¿Dónde conseguías los materiales y cuanto tardabas con cada una?
En una empresa de Sevilla, “Metales y Derivados”, compraba al por menor tubos de cobre, de bronce… con eso fabricaba la maquinaria. Tardaba alrededor de un mes.
Sé que en 2015 expusiste tus “artilugios” en La Almona y que pintas. ¿Alguna sorpresa más?
Sí. Puedes poner que fui director de Televisión Nazarena (TVN). Colaboraba con Miguel Espina y Diego Campón.



































