Fernando Claro o «El tío de los tomates»

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Fernando Claro

Fernando Claro está al frente de Alimentación La Pólvora, una tienda de desavío ubicada en este barrio nazareno

Todo el mundo le conoce por Fernando o por «El tío de los tomates» aunque su nombre completo es Antonio Fernando Claro Moguer. Es nazareno de nacimiento, aunque nació en el Hospital de La Macarena, a través de una cesárea.

El apodo de «El tío de los tomates» le viene por que trae los tomates de Los Palacios, buenos y a muy buen precio.

Su madre era «Concha la de las inyecciones». Y es que, Concepción Moguer Hidalgo era practicante. Iba por las casas inyectando los tratamientos que prescribían los médicos. También trabajó, como muchas de las mujeres de Dos Hermanas, en los almacenes de aceitunas.

Fernando no tuvo nunca interés por continuar por la senda sanitaria. «Yo veía una aguja y salía corriendo», nos explica.

Aún guarda la bolsa con la que su madre ejercía en la que se encuentran las jeringuillas de cristal y el cacillo donde las hervía.

Su familia es natural de Los Palacios y vinieron a Dos Hermanas buscando trabajo. 

Fernando Claro ha vivido en la calle San Alberto, en la calle Aníbal González, en Las Infantas y en la barriada de La Pólvora, donde se establecieron.

Estudió en el Colegio San Hermenegildo, Los Frailes, pero no llegó a terminar la EGB. Su padre, José María Claro Alcoba, era capataz en la Hacienda de Villanueva del Pítamo «Chaulle» y se fue a trabajar con él al campo. Después estuvo trabajando con «El Moreno», que tenía una frutería en la calle Pachico (calle San Sebastián). 

Y finalmente, Fernando Claro, llegó al sector de la construcción, al yeso, donde trabajó con un primo suyo, y después se metió a los albañiles.

Junto a tres o cuatro compañeros montó una empresa pero en 2008, con la crisis del ladrillo, tuvieron que cerrar. 

Fue ahí donde decidió montar una tienda de comestibles en el barrio. Una tienda de desavío en la que se puede encontrar: pan, bebidas, chucherías, charcutería, frutería, huevos… Un minimercado, «Alimentación La Pólvora».

Fernando Claro está casado con Teresa y tiene dos hijos: Salvador y Ainoha. Actualmente, vive en la barriada Virgen de los Reyes.

Entre sus aficiones se encuentra la reparación de ordenadores, algo que ha aprendido de forma autodidacta.

Fernando Claro responde a nuestras preguntas:

¿Cuándo abre las puertas de la tienda en La Pólvora?

Pues cuando por la crisis nos vimos obligados a cerrar la empresa de construcción, decidí abrir la tienda porque era para lo que más facilidades me daban. Prácticamente te montaban todo: cámaras, etc. Cogí esta casa, tiré tabiques, la reformé y la adapté como local.

Cuando abrí la tienda, hace ya casi 15 años, habían comenzado a hacer todas las casitas en lo que eran los almacenes de aceitunas que había ahí en frente.

Creo que fue la época cuando más vendí. Venían todos los albañiles a por el «bocata», la cerveza, la lata, el pan… Me ayudaron a levantar la tienda.

Los vecinos que viven ahí dicen que las casas tienen mucha humedad y es que están construidas sobre una balsa de salmuera. Donde está la plaza había un pozo de salmuera. Cuando chicos esta calle era un río de salmuera con la que jugábamos.

¿Es muy sacrificado tener una tienda de barrio?

Bueno. Yo no cierro, estoy de lunes a domingo y de 7.00 a 21.00 horas. Y el día que tengo que ir al Merca, desde las 4.00 de la mañana… Sólo descanso tres días al año. Ni vacaciones, ni nada. De hecho he puesto en venta la tienda.

¿Se jubila?

No, aún no tengo la edad. Si conseguimos vender la tienda queremos montar un bar junto a mi mujer y mis hijos. En principio en la barriada donde vivimos, en Virgen de los Reyes. Seguro que en el bar descanso más que aquí. Allí, al menos, tendremos un día de cierre a la semana. Y podremos hacer turnos.

Pero antes, ya se lo he dicho a mi mujer, antes de abrir el bar nos vamos de vacaciones. Nos gusta mucho el norte de España.

Llevo mucho tiempo dándole vueltas, si lo hubiésemos hecho antes hubiésemos acertado. A mi mujer y a mí se nos da muy bien la cocina, pienso que nos puede ir bien.

¿Algún plato estrella?

El arroz con carne se me da muy bien.

¿Cuenta con una clientela fiel?

Por su puesto, la gente del barrio de toda la vida. Pancho o Mari la del Solano vienen todos los días a comprar. Muchas mujeres mayores. Con la pandemia le llevaba los encargos a todo el barrio y también a la zona del Amparo y Julio Carrasco. Pero también viene gente de todos sitios: Costa del Sol, La Motilla, Montequinto…

¿Qué le dicen los clientes de que eche el cierre?

Que vaya desavío les voy a hacer.

¿Algún producto estrella en la tienda?

Los tomates. Me llaman el tío de los tomates. Los traigo de Los Palacios, le dicen tomates feos pero están muy buenos de comer. Viene gente de todos sitios a buscar los tomates.

¿Alguna anécdota que contar de todos estos años al frente del negocio?

Lo más raro que ahora recuerde fue un domingo a las 8.00 horas de la mañana. Acababa de abrir y entraron dos chavalas para que les pusiera una copa de whisky. 

En otra ocasión, entró un cliente para comprar churros porque le habían dicho que vendía churros muy buenos y por más que le decía que no tenía churros insistía.

Hubo también una vez que se llevaron una pastilla de un paquete de Punto Matic. Había dos mujeres en la tienda en aquél momento así que sería una de ellas. Fue algo que nos pareció muy raro. Mi mujer estaba atendiendo y yo estaba reponiendo. Acababa de poner los paquetes en la estantería y, cuando volví para seguir, ya estaba el paquete abierto y faltaba una pastilla.

¿Se ha notado mucho la subida de precios?

Bastante, está afectando mucho. Hacemos la misma caja pero todo cuesta el doble.

Antes de terminar la entrevista, Fernando Claro nos cuenta una anécdota que le pasó a su padre: «Mi padre era Sargento provisional durante la Guerra. Cuanto terminó él estaba en Valencia y se vino para Sevilla andando con Juanito Valderrama. Por el camino, Juanito Valderrama cantaba para que les dieran algo de comer y si no, se metían en una granja y cogían una gallina para poder comer. Cuando llegó mi madre ni lo conocía: todo sucio, reliado en una manta, lleno de piojos…».

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