Gentes de la Sierra de Béjar en Dos Hermanas (y II)

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Sierra de Béjar

Continuando con esta pequeña historia familiar, me toca ahora hablar de la figura de mis abuelos, personas muy interesantes por su trayectoria personal y laboral. Yo no conocí a mi abuelo pero si a mi abuela a la que trate mucho por ser, sobre todo, el nieto que vivía en casa de ella.

De mi abuela se puede decir mucho. Era persona muy culta, muy aficionada a la lectura y el teatro. De joven había trabajado de actriz aficionada en los muchos teatros que se montaban en su pueblo. Hizo, entre otros muchos, el papel de doña Marina, la Malinche, singular compañera y colaboradora de Hernán Cortés en la conquista de Méjico. Mi abuela decía que no había sido actriz porque éstas no se enterraban en sagrado, lo cual era verdad y en su pueblo se conservaría la memoria de esta vieja y discriminadora costumbre.

Por otro lado, la había criado en gran parte su tío Julián Martín Seoane, mozo soltero que después de una desgraciada historia de amor, había vivido dedicado al pueblo de donde fue ejemplar alcalde. Decía Eusebio González Martín, de tan feliz memoria en nuestra Dos Hermanas, que Puerto de Béjar había vivido muy unido bajo la égida de nuestro tío bisabuelo. Él era muy aficionado a la ópera y a la astronomía y uno de los primeros gramófonos del pueblo fue propiedad suya y lo ponía en la plaza del Solano donde vivía para que la gente fuera a oírlo. Pero mi abuela quería también y, sobre todo, mucho a su padre, Martín Martín Seoane, al que reverenciaba. Siempre sentía como una vez éste le había dado un tortazo. Hasta en su vejez mi abuela recordaba esta anécdota.

También quería mucho a su madre, Engracia Lomo Muñoz de la Hoya, mujer muy entregada a su casa. Por otra parte, mi abuela era una mujer religiosa, con esa religiosidad tan propia de los castellanos, que los llevó a apoyar  a la Iglesia contra viento y marea en los peores momentos. Muchos la recuerdan yendo a misa de alba con su marido en Dos Hermanas. Le gustaba mucho nuestra Semana Santa y, en su vejez, el Valme, que en un tiempo pasó por nuestra casa familiar de la calle San Alberto. Pero, sobre todo, a pesar del cariño que pudiera tener a las cosas de nuestra tierra lo que le gustaba era la suya, donde iba a veranear todos los años. En su jubilación el matrimonio tenía pensado volver a su queridísimo pueblo pero la pronta viudez de mi abuela –mi abuelo murió a los cincuenta y siete años y ella tenía dos más- la llevó a quedarse en nuestra Dos Hermanas, aunque siguió todos los veranos marchando a Puerto de Béjar donde tenía mucha familia.

Era como su marido gran devota del Bendito Cristo de la Piedad, Patrono de Puerto de Béjar y de santos como San Juan Bautista, Santa Bárbara, San Antón y San Sebastián. También le gustaba, y mucho, viajar contrariamente a mi abuelo. Siempre se quedó con las ganas de ir a Granada y a Zaragoza a visitar a la Virgen del Pilar. Pero, por ejemplo, conocía magníficamente Madrid y Salamanca y otros muchos lugares. En su juventud había sido operada en Madrid de un parpado caído, siendo la primera operación de su tipo en España. Quedó muy bien. De esta estancia en la corte había visto a la reina María Cristina de Austria, esposa de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII. Mi abuela además tenía una memoria privilegiada. Se acordaba de muchas facetas de su pueblo de las que nadie hablaba como de las desaparecidas ermitas de Santa María Magdalena y San Miguel o de la Cofradía del Santísimo Sacramento, que llegó a conocer, o de que la del Bendito Cristo de la Piedad se llamaba antes de la Vera-Cruz.

Llamaba al antes barrio más humilde de su pueblo, la Cábila, el Castillo Mahón y hablaba de los viejos carnavales, de su parienta tía María la Capitana, de tía María la Pimpolla, del gran industrial don Juan José Gregorio Martín, de don Tomás Harguindey y su madre Señá Anita Gómez, que vivían en una bella casa, todavía existente de la Plaza Mayor, de la romería de la Virgen del Castañar de Béjar, de los Corpus de la II República, de tía Faustina, de tía Castora y tío Miguel Cartucho, de personajes ricos y menos ricos, de su acomodada familia y de las más humildes del lugar, etc. Tuvo mi abuela varios hermanos: Valeriana, que murió de pulmonía a los diecisiete años, Bautista, que murió de meses, Elisa, que murió con dos años y Jacinto, que casó con Celestina Martín García y que fue padre de sus queridos sobrinos Pedro, Teresa, Martín, Francisca y Ángel.

En cuanto a mi abuelo, Germán Calderón Miña, aunque no lo conocí puedo decir mucho de él. Fue persona muy conocida en nuestro pueblo pues, desde luego, ocupó en nuestra vida local un cargo muy importante, encargado del almacén de maderas y tonelería, de su amigo Eusebio González Martín, el principal de este género de nuestro pueblo. Trató por ello mucho a numerosos obreros que todavía me hablan de él. Mi abuelo era también, como su mujer, persona muy pía y amante de la religiosidad y las vetustas costumbres de su pueblo. No en vano, Puerto de Béjar junto con Jerte, en el valle de este río, estaba considerado el pueblo más religioso del obispado de Plasencia, lo que, en gran parte, es todavía hoy, notándose además un repunte en la religiosidad del lugar. No era, por otra parte, según mi abuela, aficionado a la política pero, evidentemente, era persona de ideas conservadoras, como lo era casi todo Puerto de Béjar, pueblo muy de derechas y muy conservador durante la II República. Su primo hermano tío Pedro Blanco Calderón fue el segundo alcalde del Franquismo al igual que tío Basilio Martín Sánchez, primo hermano de mi abuela, fue el primero durante el régimen ya citado. Era persona muy capaz para su trabajo y honrado sin duda a carta cabal. Por otra parte físicamente era muy apuesto, de lo que dan fe las fotografías que de él se conservan. Mi abuelo tuvo nada más y nada menos que cinco hermanas: Constancia, Leonor y Francisca que mueren jóvenes y Dominica y Justa, que casan las dos respectivamente con tío Miguel Mazo, teniendo la primera dos hijos: Salvador y Antonio.

Mis abuelos eran también muy aficionados al cine. Ahorrativos como todos buenos salmantinos reunieron un apreciable capital contando con tres casas en Dos Hermanas, dos en Puerto de Béjar, la llamada casilla y once pequeñas fincas de todo tipo desde castañares hasta linares o huertos. Todo se lo dejaron a su familia que por ello estamos muy agradecidos.

Yo siempre he oído hablar mucho de ellos. Anita Salguero López, la hermana de los Salgueros –Curro`, Pepe, Manuel, Agustín y Rafael- contaba que mi abuela llamaba la atención en Dos Hermanas por su preparación y cultura, lo cual no me extraña lo más mínimo conociéndola como la conocí. A mi me metió en gran parte el gusanillo de la Historia, que también heredé de la gente de mi madre. Aunque mi abuelo murió a los cincuenta y siete años, antes de que sus tres hijos se  casaran en cambio mi abuela nos llegó hasta los ciento dos –le faltaban quince días para cumplir ciento tres cuando murió-. Gracias a Dios tenía una admirable memoria y lo mismo te hablaba de la guerra de Cuba, cuyos soldados había visto volver a España como de la guerra de Ruanda de cuyos contratiempos estaba informada por la radio, a la que era gran aficionada. Aunque, lamentablemente, perdió la vista, estuvo en sus cabales hasta el final con toda su memoria y sus facultades mentales sanas.

Pero, sobre todo, destaca de mis abuelos y, muy particularmente, de mi abuela, su fuerte sentido familiar que conservaron toda la vida. Lucharon por sus hijos todo lo que pudieron y más y, sobre todo en el caso de mi padre, les dieron una esmerada educación que luego les sirvió mucho. Mi abuela quería mucho a sus siete nietos varones y nunca dijo que prefería a uno o a otro, aunque toda la familia decía que el ojito derecho era yo, pues, no en vano vivía con ella y tuve ocasión de tratarla mucho más que todos mis primos.

En fin, no quiero convertir este artículo en un exagerado ditirambo. Sólo he querido reflejar un poco la personalidad de mis abuelos, personajes muy vinculados a la Dos Hermanas del siglo XX y que son muy recordados por todos por su cultura y su buen hacer. Ellos, como tantos y tantos forasteros, se adaptaron bien a nuestro pueblo y contribuyeron a hacer Dos Hermanas más grande. Este es el mérito que quizá más nos interesa.

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