Los Roca: valencianos que vinieron “para un tiempo” y se quedaron para siempre

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Amparo Brines, en la actualidad con 94 años.

Amparo, muy leal a su marido José, nunca imaginó que la “breve temporada” que pasaría en Dos Hermanas iba a prolongarse 64 años

Que Dos Hermanas es tierra acogedora y mosaico de personas de múltiples procedencias lo ejemplifica a la perfección la familia Roca Brines. El matrimonio, buscando algo de prosperidad, llegó aquí en 1957. Él, José Roca Olaso, tenía 34 años y muchas inquietudes. Ella, Amparo Brines Bono, tenía tres años menos y nunca se le pasó por la imaginación despegarse de su familia y su tierra valenciana. Lo hizo porque su enamorado le prometió que “sería solo por un tiempo”. Pero Amparo ya lleva aquí 64 años. Curiosamente cuando, a punto de cumplir 95 años, nos recibe en su casa de calle Tarancón, nos sorprende hablando con un marcado acento valenciano.

Cuando llegaron, traían consigo a sus dos hijos: José, de 6 años, y Juan Lorenzo, de 3. Completó la familia la pequeña Amparo, que ya nació en Dos Hermanas, en la misma casa de un campo de olivos de cinco hectáreas que compraron, cerca de la colonia de Los Frailes, y que muy pronto José, como buen valenciano, transformó en naranjos y mandarinos. Amalia, matrona del pueblo, fue quien asistió a Amparo en el parto en el campo.

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1-7-2020. Amparo con sus hijos José, Juan Lorenzo y Amparo.

Hasta aquí todo se asemeja a la historia de otras muchas familias, atraídas por las posibilidades de trabajo que ofrecía Dos Hermanas en los años 50. Sin embargo, en 1971, todo dio un giro trágico: José Roca, el cabeza de familia, falleció de un inesperado infarto, y Amparo, su viuda, tomó la decisión de echar raíces aquí y no volver al pueblo valenciano por el que suspiraba. Para saber por qué, quizá debamos comenzar por el principio de todo: por el amor.

Naranjas por aceitunas

Nacieron en Tavernes de Valldigna, un pueblo rodeado de naranjales mirando al azul Mediterráneo, entre Cullera y Gandía. Amparo y José se conocieron en el velatorio de la madre de este. Su familía poseía una venta o paradero de carros, que servía para el cambio de caballerías. El flechazo fue de tal calibre que no tardaron en pasar por la vicaría: él todavía estaba de luto cuando se casaron a las 5 de una fría madrugada de febrero de 1949. Preferían no casarse de día estando de luto.

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Amparo Brines, el día de su boda en 1949.

Hasta ese momento, José (benjamín de cinco hermanos) no había mostrado mucho interés por el naranjal minifundista, el modo de vida de la zona. En su cabeza reinaban otras inquetudes: estudió francés, se fue en bici a Francia con 17 años y fue uno de los más destacados jugadores del “Tavernes Rugby Club”, equipo que en 1943 se proclamó subcampeón de España venciendo en las semifinales nada menos que al Real Madrid. ¡Hasta se fletó un tren en el pueblo para acudir a aquella final!

Tras casarse, y quizás motivado por un viaje que hizo a nuestra tierra, José convenció a Amparo para emprender la aventura de plantar naranjos a 700 kilómetros de Tavernes: en Dos Hermanas, “una buena tierra, con un buen clima y con gente llana y sencilla”. Compraron un terreno, arrancaron la mayoría de los olivos, y José, sabedor de que en Sevilla predominaba la naranja amarga para fabricar mermelada, plantó árboles de naranja dulce: clementinas y navelinas, conocidas aquí como “washis”. “Mi padre”, nos cuenta Amparo, “era un gran conocedor de las naranjas y las almendras, y venía para asesorarle”. Amparo, a la que Doña Amalia había enseñado a poner inyecciones, hacía a veces de enfermera de los trabajadores que recogían naranjas.

El negocio no llegó a despegar del todo. Los naranjos tardaron en crecer y, aunque José compró una furgoneta DKV y vendía naranjas en Dos Hermanas, Cádiz e incluso en Madrid, se especializó en la fumigación de campos con insecticidas, actividad incipiente en aquellos años.

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1965. La familia Roca al completo delante de la furgoneta de reparto.

Un 26 de julio de 1971, José, con 48 años, cae fulminado por un infarto. Amparo se vio en un pueblo que no era el suyo, sin marido y con tres adolescentes de 18, 15 y 12 años.

Por el mismo amor incondicional que tuvo hacia José, y por el futuro de sus hijos, decidió quedarse y formar parte de la vida cotidiana nazarena.

Amparo (todavía la llaman “Amparito” en Tavernes) cumplirá 95 años el 1 de julio. Camina sin ayuda, se hace su comida, lee a diario y, aunque se sirve de un audífono, sus facultades mentales permanecen intactas. Sus hijos, muy conocidos en Dos Hermanas, la ayudan todos los días y le hacen compañía. ¡Salud, Amparo!

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