Menos es más: microrrelatos de Fernando Ávila (I)

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Microrrelatos Fernando Ávila

La curva de la felicidad

—Te quiero, Pilar, te quiero —Le planté un apasionado beso antes de que los jefes entraran en la sala de juntas.
Había pasado la noche en vela devanándome los sesos para encontrar la variable que fallaba. Ni me acordaba de la cantidad de gráficas que erróneamente diseñé.
Ya de mañana, cuando la hora se me echaba encima, apareció ella. Se puso delante de la pantalla y la luz del proyector sombreó su silueta imperfecta, tan denostada siempre por todos los compañeros. Ahí estaba: la curva que describía la solución.
Entonces, reuní el valor que me faltó estos años y me declaré:
—Te quiero. Eres perfecta.

El chivato

Hablando todo el día con el loro del vecino finalmente comprendí la verdad. La extraña avería de un coche nuevo como el suyo, aquella mancha de aceite en el suelo del garaje, la obsesiva manía que le entró por limpiar el aparcamiento, la inesperada marcha de la mujer…
Decidí investigar por mi cuenta y una mañana me colé en la cochera. No encontré nada raro, hasta que, aburrido, fui a dar con el loro de juguete del hijo. Repetía todo lo que yo decía. Se me fueron las horas volando. Entonces, tuve una idea. Extraje la tarjeta de memoria y escuché aquel «Te dije que me las pagarías, puta».

Baño de realidad

¿Cómo íbamos a imaginarnos que no sabía nadar, con aquellas piernas rematadas en pies de auténtico pecesito! ¡Pero si estaba en toples, con el cuello vuelto mirando hacia el mar, sobre una roca junto a la orilla! ¡Pareciera que hubiese emergido del océano para viajar a una isla con el príncipe de sus sueños! ¡Pareciera que la hubiese encantado una bruja, tan muda como se hallaba! ¡Pareciera, en cualquier caso, que por arte de magia fuera a recuperar la voz, saltar al agua y sumergirse en su reino!
¡En fin, recojamos rápido la cortadora y dejémonos de cuentos, que ser de bronce es lo que tiene! ¡Te hundes!

El cambiazo

Dígale, agente, que no tuve más remedio que matarle, que su muerte no fue nada personal. Dígale que al principio no iba a haber disparos. ¡Pero, claro! ¡Él tuvo que pulsar la alarma!
Luego el atraco se fue de madre… El francotirador, el cadáver de uno de los nuestros, el ojo por ojo, el negociador, el permiso para sacar los fiambres…
¡Lástima que usted descubriera el pastel! Supongo que, después de todo, hay que ser muy hábil para mantenerse completamente quieto dentro de una mortaja. Por cierto, agente, dígale también al empleado que siento que hoy fuese el día que eligió su padre para hacerle una visita al banco.

 

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