Rafael Fernández Chacón: “Los científicos somos útiles a la sociedad”

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Rafael Fernández Chacón
El Premio Nobel de Medicina en 2013, el alemán Thomas Südhof (a la izquierda) junto a Rafael Fernández Chacón en el patio de la Universidad Internacional de Andalucía, en Baeza. Los descubrimientos del sevillano en los transmisores de las neuronas fueron determinantes para que le concedieran el Nobel a su profesor.

Este vecino de Montequinto, que dirige el Instituto de Biomedicina de Sevilla, trabajó en el equipo del Premio Nobel de Medicina del 2013

No todo lo que ha traído el coronavirus ha sido negativo. Fíjense en ellos. La pandemia ha puesto el foco en esos seres (antes abstractos) a los que llamábamos “científicos”; ha sacado a la luz a aquellos señores en bata blanca que veíamos en los documentales trabajando con ratones en laboratorios. Ya no son tan abstractos. El Covid les ha puesto nombres y apellidos. Son nuestros vecinos. Coincidimos en la cola del supermercado.

Les presento a Rafael Fernández Chacón. Vive con su esposa y sus dos hijas en Montequinto. Ha trabajado mano a mano con tres premios Nobel. Catedrático de Fisiología Médica y Biofísica de la Universidad de Sevilla, hace un año fue nombrado director del Instituto de Biomedicina de Sevilla (IBIS), una institución situada en el Campus del Hospital Virgen del Rocío en la que actualmente trabajan 42 grupos de investigadores. ¿Qué hacen? Buscan las causas de las enfermedades y desarrollan métodos de diagnóstico y tratamiento. En otras palabras: son servidores de la sociedad. Concretamente, y refiriéndonos a la pandemia, desde el IBIS han contribuido por ejemplo a la robotización de los diagnósticos por PCR.

Rafael Fernández trabaja en el desarrollo de terapias para combatir patologías como el alzheimer, el párkinson o la leucemia

La comunidad científica ha creado en tiempo récord una vacuna contra el coronavirus. ¿Es optimista?

Sí, soy optimista por el acierto y la rapidez con que se ha hecho. Es un ejemplo del trabajo diario de los investigadores, del que después se recogen los frutos.

¿Qué le movió a dedicarse a la investigación tras terminar su carrera de Medicina?

Siempre me gustó investigar; me atraía especialmente la neurología. Compraba revistas para estar al día. Y tuve buenos profesores que me inspiraron durante la carrera.

Fue usted uno de los pioneros en investigar el lenguaje de las células o, lo que es lo mismo, cómo se propagan los virus.

En mi tesis investigué cómo se comunican unas células con otras, no estaba claro cómo era su lenguaje, cómo liberan neurotransmirores.

Y tras la tesis, en 1995 se fue a Dallas. ¿Por qué?

Porque en un lugar tan aparentemente inhóspito como Texas trabajaba un grupo internacional que investigaba la maquinaria molecular. Nos dirigían dos personas que habían sido premios Nobel de Medicina: Joseph Goldstein y Michael Brown. Lo que yo hice allí fue aislar genes, generar modelos animales. Después me trasladé a Göttingen (Alemania), que es la meca de las técnicas de comunicación entre las neuronas.

¿Qué investigó usted en Alemania?

Las neuronas, por decirlo en un lenguaje coloquial, tienen un interruptor. A veces liberan un transmisor y otras veces no. Ese interruptor se activa con un ión que es el calcio. Trabajé en ese enigma: por qué una neurona decide o no liberar el calcio.

Tengo entendido que su investigación fue clave para que le concedieran a su profesor y compañero Thomas Südhof el Premio Nobel de Medicina en 2013.

Así es. El día que lo llamaron de Suecia para decirle que le habían dado el Nobel, Thomas venía de Madrid camino de Baeza, donde le estábamos esperando en un Encuentro Científico de la Universidad Internacional de Andalucía. Yo había quedado con él en la Plaza de los Leones y no apareció, así que me volví con mis compañeros, muchos de ellos alumnos de Tom. Cuando llegué estaban todos revolucionados. “¡Que le han dado el Nobel a Tom!”, gritaban todos. Un rato después, me llamó Tom desde la Plaza de los Leones. Resulta que se había retrasado porque de camino a Baeza tuvo que parar el coche. Justo cuando iba conduciendo le habían llamado desde la Academia de los Premios Nobel para comunicárselo. Yo le acompañé en la entrega del premio en Estocolmo. Fue muy emocionante.

Desde 1998 es usted profesor de Fisiología y Neurobiología en la Universidad de Sevilla; además coordina un grupo de investigación y dirige el IBIS. ¿Qué hacen en el IBIS?

Dirigir una institución como esta supone para mí un compromiso muy elevante y excitante. Se trabaja en muchas temáticas. Por ejemplo, cómo el cuerpo detecta los niveles de oxígeno, la resistencia de los antibióticos, el desarrollo de terapias contra la leucemia, el párkinson, el alzheimer….

¿Qué ha aprendido en este escenario de pandemia?

El virus nos ha cambiado, también a los científicos. En este escenario inesperado he descubierto facetas como la solidaridad. También que los científicos somos necesarios, y somos muy pocos. Creo que ahora somos más visibles. Me gusta que la sociedad sepa lo que hacemos, que sientan nuestro trabajo como algo propio, que nos vean como un vecino más que es útil a los demás.

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