Inmaculada Delgado comenzó impartiendo clases de kárate en 1990 y es ya una institución. Sus alumnas hablan maravillas de su terapia “física y psicológica”
Voy, una mañana de enero, al taller de “Espalda Sana” en el Club Vistazul. Me han hablado muy bien de la monitora, Inmaculada Delgado, y es a ella a quien quiero entrevistar. Sin embargo, son las usuarias del taller las que quieren hablarme de Inma. “Venimos con dolores y nos vamos nuevas”, dice María Jesús. La interrumpe Araceli: “Yo tengo lumbago y problemas de rodilla, estoy hecha una carrañaca. Llevo tres años con Inma y me ha reducido el tratamiento para el dolor y he perdido peso. Es maravillosa”. Pepi “Caballito”, que me pide en broma que le pixele la cara en la foto, me cuenta que, tras sufrir un accidente, “tenía el húmero roto por varias partes. Después de estar un año en la mutua sin resultados, ahora con Inma estoy como nueva”.
De las 23 personas que están a punto de comenzar la clase, solo una es un hombre. Se llama José Antonio y le pregunto por su caso. “Yo sufro de ciática. Me llevaba todo el día tumbao en la cama, y mi mujer me animó a venir. Yo creo que, además de la gimnasia, aquí socializamos y nos evadimos psicológicamente”.
Inmaculada, que ha aprovechado este ratito para preparar las herramientas para la clase y colocarse su micrófono, me confirma que lo que aquí se hace es “terapia física y psicológica. No se pueden separar”.
Choquera y nazarena
Inmaculada Delgado Reina nació en Huelva en 1974. “Me siento choquera”, me dice, “pero llevo aquí 36 años y lo que he conseguido en Dos Hermanas no lo hubiera conseguido en Huelva”. Por un traslado laboral de su padre, llegó con su familia a Las Portadas en 1989, cuando tenía 15 años: “Nos acogieron estupendamente en la barriada, vinieron a buscarnos a mis hermanas y a mí para presentarnos a sus amigos”. Practicaba el kárate desde los cuatro años, y por eso no le fue difícil comenzar a dar clases como monitora en el Club Vistazul.
De carácter apasionado, de pequeña le dijo a su madre que su sueño era “ser monitora de kárate”. Y no solo ha cumplido su sueño. Ha ido formándose en diversas disciplinas, ampliando la oferta de actividades y, actualmente, imparte en Vistazul talleres de “espalda sana”, kárate y aerobic. “Estoy aquí de 8 de la mañana a 10 de la noche y solo paro para comer. Tengo cuatro grupos por la mañana y cuatro por la tarde, y en verano hacemos el aquaerobic los fines de semana. Por la mañana, en la piscina del Club Juan Velasco, y por la tarde, aquí en la de Vistazul. ¡No sabes lo bien que nos lo pasamos!”.
Se percibe que Inmaculada disfruta con su trabajo. Tiene un carisma innato que contagia a la gente de optimismo. Aunque, como me dicen sus alumnas, “da caña en sus clases”, sus resultados son tan satisfactorios que no es de extrañar que haya lista de espera para algunos de sus talleres. “Yo vengo de donde Cristo perdió el zapato”, nos interrumpe Loli, “pero iba al traumatólogo, me iba fatal, y vine aquí y ahora estoy de lujo”. No solo viene gente de Dos Hermanas. También de otras localidades, como Salteras.
Una gran familia
El entusiasmo que Inmaculada provoca en sus alumnos quizá radique en que les hace partícipes de su vida. “Los siento parte de mi familia, y yo de la de ellos. Tenemos una tradición entre mis alumnos de kárate y cada año hacemos una comida en mi casa en verano y otra por Navidad”.
Inmaculada y su marido, el electricista nazareno Francisco Andrade, decidieron hace 20 años iniciar los trámites para adoptar a una niña en China. “Hay una tradición china que dice que, si en una noche de luna llena muchas personas desean lo mismo, el deseo se cumple. Y aquí se ponían todos con velas por la noche hasta que el deseo un día se hizo realidad. El día en que llegó Lucía, hace ahora 19 años, estaba esto lleno de gente para recibirla. Ella es de todos. De hecho, una de las madres del kárate venía todos los días a recogerla y se la llevaba a su casa. Hoy es la abuela Chus. Mi madre murió el año pasado, pero me ha quedado esta otra madre”.
Inmaculada todavía saca tiempo para cuidar de su padre, José, aquejado de Párkinson. “Él y mi madre, María Teresa, eran muy queridos aquí en el club y estaban vinculados al colectivo de teatro. Cuando mi padre me ve, me dice: “No me acuerdo de tu nombre, pero sé que te quiero”.
Con este pequeño reportaje nos sumamos a la admiración por la labor de esta mujer.



































