«Valedora de los nazarenos» por Hugo Santos Gil

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Valme

La Virgen de Valme preside la Parroquia de Santa María Magdalena como en tiempos pasados cuando había epidemias

Escribe José Alonso Morgado, en su libro sobre la historia de Nuestra Señora de Valme (1897), que “en los supremos apuros de las calamidades públicas, de escasez o excesiva abundancia de lluvias, cuando peligraban las cosechas y el hambre se presentaba amenazadora; en tiempos de guerra o epidemia, que llevaban la consternación y la muerte al seno de las familias, la sagrada imagen de la Virgen era conducida en procesión de rogativas a la Iglesia parroquial, experimentándose al punto el alivio de la necesidad”.

En el capítulo X de esta obra, titulado “El Consuelo de Dos-Hermanas”, el autor describe con detalle el ritual que se seguía para la traslación de la Virgen desde su Ermita hasta el pueblo, cada vez que el clero y el Ayuntamiento así lo acordaban, por sobrevenir alguna necesidad que reclamaba la presencia de la Señora para que los nazarenos pudieran sentir más cercano su valimiento. Morgado recoge las oraciones y plegarias que se rezaban durante el traslado, hasta que la venerada imagen quedaba entronizada en la capilla mayor del templo. Asimismo, nos cuenta cómo al día siguiente “comenzaba el novenario de Misas, rezándose luego las Preces de rogativa… Por la noche acudía el pueblo al rezo del Santo Rosario y Oraciones de la Novena, concluyendo con la Salve solemne; ejercicio que continuaba durante el tiempo de la calamidad, en el que permanecía la venerada Efigie en la Iglesia parroquial”.

El relato que hace Morgado se basa en un enigmático documento que pudo consultar: “Cuaderno de apuntaciones de la Virgen del Valme. Las fiestas anuales y las procesiones de rogativas que se hacen cuando se trae a la Iglesia del pueblo y se lleva después a su Ermita”. Según menciona, “era un códice manuscrito antiguo, en 4º, sin fecha”. Debía “pertenecer al archivo de la Parroquia o Hermandad” y datar de mediados del siglo XVIII. Este valioso documento –hoy lamentablemente perdido–, además de contener la relación de fiestas que se celebraban en honor de la Virgen y el ceremonial que se seguía para trasladarla al pueblo, incluía la “noticia de las veces que había sido llevada desde principios del siglo XVII hasta principios del XVIII con motivo de las guerras de Sucesión”. Por desgracia, Morgado no reprodujo todo el contenido del manuscrito, que sería de gran interés para conocer la cronología de las venidas de la Virgen de Valme a Dos Hermanas.

No obstante, a través de otras fuentes, se han podido documentar las rogativas más destacadas. Así, el 13 de mayo de 1649, el escribano Gaspar Clavijo certificó que se había traído a Ntra. Sra. del Valme desde su Ermita de Cuartos, “y se puso en procesión en la Iglesia Parroquial de esta villa, donde al presente está con la veneración que debe, para hacerle un novenario y rogarle con rogativas por la salud universal…” Se trata de la primera referencia escrita que hasta ahora conocemos de un traslado de la Virgen al pueblo: fue con ocasión de la epidemia de peste negra que causó estragos aquel fatídico año, diezmando la población de Sevilla.

Contamos, también, con los testimonios recopilados por Fernán Caballero sobre la epidemia de fiebre amarilla del año 1800. Narra la escritora que, al entrar la sagrada imagen en las calles del pueblo, había treinta y seis agonizantes, y que al pasar por las puertas de sus casas clamaba cada cual, lleno de fervor y confianza: ¡Señora, Valme!, e instantáneamente se aliviaron, sanando todos al poco, como lo atestigua la devota copla popular: “En el día dos de noviembre / entró la Señora en su procesión / repartiendo de sí una fragancia / que a todo el enfermo la salud le dio”.

Gracias a las investigaciones del historiador Jesús Barbero Rodríguez, se han dado a conocer relevantes datos sobre el valimiento de la Virgen en epidemias del siglo XIX. Así, en el libro de enterramientos del archivo parroquial, se recoge que: “En 5 de noviembre de 1800 se celebró una procesión solemne con rogativa a María Santísima del Valme por todas las calles del pueblo para que la Señora aplacase la Divina Ira en las enfermedades mortales que todo el pueblo experimentaba”. A raíz de ello, el pueblo hizo un voto o promesa a la Virgen, acordando traerla cada año desde su Ermita a la Parroquia para hacerle una solemne función y procesión en acción de gracias por haberlo librado de aquella terrible peste.

No menos interesantes son las referencias a la epidemia de cólera morbo. El 15 de septiembre de 1833, se celebró una misa cantada en honor de la Virgen de Valme y por la tarde hubo procesión por las calles del pueblo. El 13 de octubre, comenzó un novenario que finalizó el día 21. En la primavera del año siguiente, surgió un nuevo brote con gran virulencia y, por ello, el 19 de mayo se celebró “misa cantada con vestuarios, sermón, manifiesto del Santísimo, música y procesión por la tarde”. Fernán Caballero, incluso, recopiló las “Coplas cantadas a la Virgen cuando fue el cólera grande”, cuyo estribillo dice: “Y por ser tan milagrosa / te pedimos con fervor / que nos libres de este mal, / ¡Virgen del Valme gloriosa!”.

Estas son sólo algunas de las ocasiones en las que pueblo de Dos Hermanas acudió a su Celestial Protectora para pedirle que cesaran los males. Hubo ciertamente otras, como las de 1662, 1794, 1855, 1863, 1885, 1896… En todas ellas, se hacía verdad lo que dijo el capellán real, José Rafael de Góngora, en el sermón pronunciado con motivo de la restauración de la Ermita de Valme a expensas de los Duques de Montpensier (1859): “La villa de Dos Hermanas, en las calamidades públicas, recurre confiada a esta Madre y, recordando el origen de su título, exclama como el Santo Conquistador: ¡Valme, Virgen Santa! Sus sacerdotes, las autoridades, el pueblo todo, siguiendo el ejemplo de Israel, conducen el Arca salvadora en medio de fervientes súplicas. ¡Venga, dicen, venga desde el Valme la Imagen de María; colóquese en medio de nuestro pueblo, que Ella nos salvará!”.

Hoy, ante la desgraciada situación que estamos padeciendo como consecuencia de la pandemia del virus Covid-19, también nosotros imploramos el poderoso valimiento de la Virgen, igual que nuestros antepasados. Desde el 16 de marzo, al término de las misas retransmitidas en streaming gracias a la iniciativa del párroco, D. Manuel Sánchez de Heredia, se rezan las oraciones y súplicas a la Virgen de Valme, inspiradas en las que se hacían antiguamente como rogativas. Estas retransmisiones han abierto una nueva ventana desde la Capilla Sacramental de la Parroquia de Santa María Magdalena a todo el mundo, pues las misas están siendo seguidas por numerosos fieles de diversos países. Durante este tiempo de confinamiento, han sido muchas las muestras de fervor sincero, como el gesto de poner en los balcones la colgadura con la imagen de la Señora, a modo de enseña o estandarte, haciendo visibles las palabras del poeta: “¡Valme! como ayer, que hoy / más que nunca el valimiento / de tu gracia es nuestro escudo, / y nuestro auxilio más cierto”.

También como antaño, desde que se han retomado las celebraciones religiosas con asistencia de fieles, la Protectora de Dos Hermanas preside la capilla mayor de nuestro primer templo, con manto blanco que refleja la luz de Cristo Resucitado y un lazo negro a sus plantas, en señal de duelo por las víctimas de la pandemia. Estamos aún conmemorando los 150 años de su presencia definitiva en la Parroquia, desde que viniera para siempre en 1869, precisamente por voluntad del pueblo, que quería tenerla cerca y así sentir a diario su protección, sobre todo en tiempos de adversidad. Y es que, como bien escribía Morgado hace 123 años, “la presencia de María Santísima de Valme llevaba el consuelo a los hijos y moradores de Dos Hermanas, reanimaba la esperanza en los corazones abatidos y alejaba el mal de sus hogares siempre que se presentaba alguna calamidad”. Estas palabras bien podemos ponerlas en presente y traerlas a estos días aciagos, confiando en la intercesión maternal de la Virgen para que cese pronto la tribulación que nos asola: “En tristes momentos / de horrible aflicción / trocaste, benigna, / en paz el dolor. / ¡Oh dulce María! / ¡Oh fuente de amor! / ¿Quién no halló consuelo / si fiel te invocó?” (J. Lamarque, 1895).

Suele decirse que la historia se repite y que es cíclica o pendular. Hoy, como ayer, a pesar de los cambios y de las evoluciones, en nuestra debilidad, cuando nos sentimos desvalidos, asustados o desanimados, seguimos acudiendo al valimiento de nuestra Madre del cielo, no por superstición o vana credulidad, sino porque tenemos la esperanza cierta que brota de la fe en el amor misericordioso de Dios. Mientras duren las circunstancias actuales, al rezar las letanías del Rosario o cuando pidamos por el eterno descanso de los difuntos, por la salud de los enfermos y por la fortaleza de todos cuantos admirablemente están dando lo mejor de sí mismos para que podamos superar esta difícil situación, pronunciemos también unidos esta invocación: “Valedora de los Nazarenos, ruega por nosotros”.

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