Josefa Prieto no pudo ir a la escuela. Se crió sin padre y tuvo que trabajar de niña del suelo en Lissén. A sus 93 años, sale a pasear por El Palmarillo, pero ya no ve “a nadie conocido”
Esta entrevista es una casualidad. Me acerqué a Neumáticos Pera para recabar más datos sobre José Pera Carret, “Don Joselón”, aquel nazareno que en 1959, con 27 años, decidió hacer las Américas en Uruguay. Al volver dos años después, traía en sus maletas la equipación del Peñarol de Montevideo. Su equipo de El Palmarillo C.F. lució esta equipación en la liga local de Dos Hermanas, como ya conté en otro artículo en 2012. Su hijo Sebastián, que actualmente dirige el negocio de los neumáticos, me dice que, si quiero datos directos, su madre (esposa de Joselón) está viva y lúcida. Es lo que tiene Dos Hermanas: en cada casa hay una historia esperando a ser contada.
Josefa Prieto Bernabé tiene 93 años. Me recibe con infinita cordialidad.
Josefa, cuando Joselón se fue a Uruguay en 1959, ¿ya eran ustedes novios?
Sí, yo le conocía desde que era niña, porque pasaba mucho por la casa de vecinos donde él vivía en El Palmarillo. Pero cuando se fue a Uruguay, estábamos enfadaos.
¿Por qué se fue?
Porque aquí había poco trabajo y en Montevideo vivían su hermana Amparo y su cuñado Paco, que aquí en Dos Hermanas había tenido una tienda de bicicletas. Encontró un buen trabajo allí y se fue. Y Joselón se montó en un barco en Cádiz con su madre y cruzó el charco para trabajar en Montevideo, haciendo molduras de coche. Montó un equipo de fútbol formado por emigrantes andaluces. Se llamaba “Peña Andalucía” y vestía a rayas verdes, como el Betis. A los dos años, su madre se quiso volver porque a otro hijo lo iban a operar de una cadera en Lasarte, en el País Vasco, y Joselón, que tenía nostalgia, aprovechó para volverse con ella.
¿Pero él te escribió diciendo que volvía?
No, él me escribió algunas cartas desde Uruguay, pero yo me enteré cuando se presentó aquí. Y ya nos arreglamos. Estuvo un tiempo en San Sebastián, se sacó el carnet de camiones y nos casamos aquí el 15 de septiembre de 1962.
¿Con traje nuevo o prestado?
Yo iba de blanco, con traje nuevo. Fuimos a comprar la tela a la calle Sierpes.
¿Cómo fue su infancia?
No sé leer porque no pude ir a la escuela. Mi madre limpiaba en las casas y mi padre, que era el guarda de la Hacienda de Quintos, empezó a sangrar mucho por atrás. Todo era sangre. Y, como entonces no había dinero ni para médico, cuando se dieron cuenta tenía una cosa mala en el estómago y se murió. Dejó a mi madre con cinco niños pequeños. Yo era la mayor y tuve que ocuparme de mis hermanos, sobre todo de la pequeña, que estaba en la cuarentena. Pasamos tela marinera. ¡Qué hambre pasé en la guerra!
Entonces, ¿te tocó trabajar?
Sí, desde muy chica trabajaba en el almacén de Lissén. Todavía no tenía edad, pero me metieron de niña del suelo, aunque dada de alta.
¿Niña del suelo?
Sí, tenía que coger las aceitunas que había por el suelo de la nave, que estaban estropeadas y no servían para el consumo. Pero se recogían para echárselas a los cochinos. El señorito Lissén no quería que yo me agachara, así que yo las cogía del suelo con un recogedorcito y una escoba.
Con los años fui aprendiendo el trabajo de todas. Si alguna llegaba tarde o faltaba alguien para partir pimientos, me metían a mí.
Y cuando te casaste en 1962, ¿ya dejaste el almacén?
No, trabajé hasta que tuve a mis hijos, Sebastián y Paco. Me convenía. Yo lo ganaba muy bien en Lissén porque era muy larga.
¿Larga… de alta?
¡No, larga, que rellenaba aceitunas muy rápido! Era de las más rápidas de Dos Hermanas rellenando la aceituna con mijitas de pimiento. La hora de entrada era las 8, pero yo estaba allí ya a las 7 para ir preparando mis aceitunas y tener mi platito lleno para empezar a las 8. A las que no llegaban al tope la echaban, así que yo les daba fichas mías a mis compañeras para que no las despidieran. ¿Tú sabes cómo se cortaba a tiras el pimiento?
No. ¿Cómo?
Se ponía el pimiento ya cocido en una rejilla de hierro y se empujaba hacia abajo. Según lo menuda que fuera la aceituna, se cortaba más gorda o más fina la mijita. A mí me gustaban los trozos más chiquititos porque era muy rápida y así me daba para rellenar más aceitunas.
Después de tener a tus hijos, ¿te dedicaste a tus labores de la casa?
Sí. Mi marido Joselón ganaba dinero con su oficio de camionero. Se recorría toda España y se conocía todas las carreteras. Cuando alguien tenía que viajar, venía a verlo para que le explicara las rutas y los cruces donde había que desviarse.
Y yo bordaba para la calle.
¿Qué tipo de ropa?
El ajuar. Sobre todo sábanas, con las letras bordadas. La gente se compraba la tela a su gusto y me la traía. Ahora ya no se hace eso, porque lo compran todo hecho.
Te veo muy bien con 93 años. Acabas de venir de dar un paseo, ¿no?
Sí, gracias a Dios no tengo dolores. Tomo muchas pastillas pero estoy bien. Salgo con mi andador por aquí por el barrio y por Doctor Fleming, pero ya no conozco a nadie. Vivo sola en esta casa, y una muchacha viene a ayudarme. A veces cojo un cubito con agua y limpio la oficina de mi hijo.
Bueno, yo vine a preguntarte por la equipación del Peñarol que trajo tu novio en 1961…
Sí, muy bonita que era…



































