Las relaciones de la Hermandad matriz con la de Dos Hermanas son muy grandes

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Rocío

La Hermandad de Nuestra Señora del Rocío ante un nuevo Pentecostés

Estoy deseando escribir de temas profanos. De hecho, como saben mis sufridos lectores, tengo una lista de relevantes personajes de los que hablar: Íñigo Afán de Ribera Ybarra, el torero Nazaré, mi primillo Manu Sánchez y otros pero es tal la catástrofe que estamos sufriendo, que deseo hablar todavía de temas religiosos. Mi admirado y querido profesor don León Carlos Álvarez Santaló, hablaba en sus entretenidas clases de los mecanismos de consolación, que servían para que las personas olvidaran sus problemas. Para mí la religión, aparte de ser el centro de mi vida, que a nadie le quepa duda, es, por supuesto, un mecanismo de consolación. Y, como quiero, calmar a Dos Hermanas en estos difíciles momentos, me referiré a un tema, que atañe a María, a la Mediadora, a la que a mí me encanta llamar la Guebirah mesiánica, aunque a muchos, la palabra, al ser hebrea, no le suene común.

Y, hoy me voy a referir a una advocación, sobre todo tan almonteña, pero, también, tan nazarena como es la Virgen del Rocío. Yo no me atrevería a decir cuál es la hermandad favorita de Almonte entre las filiales. Es un tema muy complicado. Los hijos de esta Muy Antigua y Noble Villa tienen un gran amor a la Hermandad de Huelva porque, esta importante cofradía, paraba en el porche de la Parroquia de la Villa, la de Nuestra Señora de la Asunción, en su camino al Rocío, en la noche del viernes, y el pueblo se convertía en una fiesta, con baile en el casino y el tamboril tocando toda la noche. Tan fuerte era la cuestión, que el año que dejó la hermandad huelvana o onubense, de parar en Almonte le sentó muy mal a los almonteños. Aunque los almonteños dicen que la romería empieza cuando su hermandad, la Matriz, entra en el Rocío, lo cual es lógico, no cabe duda que, para ellos, un momento clave es, todavía, cuando Huelva, entra en la Aldea en la mágica y esplendorosa tarde del viernes, momento en que no cabe un alfiler en el Real para ver a esta importante cofradía. Yo, por ejemplo, la veo todos los años. Nunca me la pierdo, caiga lo que caiga.

Pero me gustaría resaltar el papel de Dos Hermanas. Por sistema, tenemos una ventaja sobre otras hermandades. Nunca le hemos dado problemas a los almonteños. Todo lo contrario. Y ellos eso nos lo han agradecido. Y puedo certificar, que si hay personas agradecidas son ellos. Desde los tiempos en que fue párroco de Almonte y luego secretario de la Junta de Coronación de la Virgen, coronada el 8 de junio de 1919, el presbítero nazareno don Juan Luis Cózar y Lázaro, al que todavía recuerdan los almonteños y que fue el que bautizó la primera a Juanita Taillefert Coronel, madre de mi amigo el historiador almonteño Manuel Ángel López Taillefert. Puede seguirse con un gran hermano mayor de nuestra confraternidad, don José Muñiz Orellana, que era también presidente de la Confederación Nacional de Cámaras Urbanas de España, dependiente entonces del Ministerio de la Vivienda y que ayudó de manera fundamental a la construcción del santuario, como lo reconoce el que fue presidente de la Hermandad Matriz don Antonio Millán Pérez. Con el segundo, fundada ya la hermandad nazarena tuvo ésta ya vara alta en el Rocío. Otros detalles también son importantes: nuestra hermandad fue la primera que le tiró pétalos de rosa a la Blanca Paloma. Además, en momentos difíciles para los rocieros nazarenos, por celotipias que nunca deberían haber ocurrido y, cuando, por algunas familias se veían mal a los rocieros nazarenos, los almonteños se volcaron con una hermandad, entonces tan lejana, como la nuestra. El conflicto está en la mente de todos y, ya superado, no quiero hablar más de él. Todavía se canta una sevillana que hace referencia a él y que todos conocemos. Pero ha seguido la vinculación y es cada vez más grande. Se pueden citar como ejemplos a Manuel Vázquez Lombo, mi entrañable Manolito Lombo, un devoto de los de verdad, de los callados y silentes que ha cantado todo lo que ha podido a la Virgen, de Antonio José López Gutiérrez que ha ordenado el archivo de la Hermandad Matriz en el que sigue trabajando su sobrina María José Sánchez López, de las nietas de José Ortega Ramos e Inmaculada Pruna que le cantan a la Virgen unas ya tradicionales sevillanas en su casa del Acebuchal, de Tomás Muriel Rivas que ha escrito un cuento del peregrino descubrimiento de la imagen -que ha sido todo un éxito- de Francisco Javier García Pérez, ‘El Garci’ que ha montado el Belén de la Ermita, de Francisco González Anguita que ejecutó las imágenes de los Apóstoles y unos ángeles para una venida de la Virgen al pueblo, de Juan Miguel Martín Mena que dibujó el cartel del centenario de la coronación de la Virgen del Rocío o de mí que, modestamente, he sido reorganizador de la Hermandad de la Soledad de Almonte en la que he ocupado los cargos de fiscal y vocal y casi refundador -su alma mater José Antonio Romero Márquez dice que refundador- de la del Gran Poder, antigua del Nazareno -cuyo expediente de reorganización escribí- aparte de haber escrito un libro titulado ‘La villa de Almonte y el Rocío en el siglo XVII a través de tres visitas pastorales’ e innumerables artículos sobre el Rocío o temas de cofradías almonteñas. Del mismo modo, para acabar, hay que hablar de tantas rocieras anónimas de Dos Hermanas devotas de la Virgen como Aurora Orozco Franco, mi lejana tía Patrocinio Caro Díaz, ‘La Cosaria’, o mis tías Pepita y Anita María Alonso Muñoz siempre al lado de su Pastora etc. etc. En fin, con esto quiero decir, que las gentes de Dos Hermanas hemos estado siempre al pie del cañón con los almonteños. No voy a decir, que ellos no puedan vivir sin nosotros, más, sí es verdad, que somos una gran ayuda. Los que, desde luego, no podemos vivir somos nosotros sin ellos, pues, cuidan y guardan, con un esmero que sólo sabemos los que amamos a Almonte, como yo lo amo, a la Reina de las Marismas, su patrona y ejemplo más acabado y perfecto de la Mujer del Apocalipsis.

Pero, ya está bien de echarle florituras a Almonte y a Dos Hermanas. Me voy a centrar en lo que está pasando. Debido a la funesta pandemia, donde yo veo aparte de la guerra bacteriológica, el virus de laboratorio y todos los atentados hacia la Naturaleza, obra del Creador, la mano del que no quiero ni poner el nombre, pues, ya saben ustedes de quién hablo y, su propio apelativo estropearía el artículo, este año parece ser que, por desgracia, no vamos a vivir un Rocío normal.

Ya ha pasado el triduo y la función de iglesia, que se han celebrado con toda la solemnidad posible en tan trágicas circunstancias en el Sagrario de Santa María Magdalena, joyel precioso dónde se guarda aparte de Jesús Sacramentado, Su Divina Majestad -como dirían los castizos-, Nuestra Madre de Valme, San Fernando, el Niño Jesús que todos llamamos del Sagrario, el gran penitente que fue San Francisco de Paula, San Juan Evangelista y San Antonio de Padua y coronándolo todo el Padre Eterno. Por cierto, a mí me sirve de gran consuelo verlo aunque sea tan alto y a él dirijo, aparte de al Santísimo Sacramento y a la Virgen, mis oraciones. Pues bien, en el Sagrario han colocado el Simpecado. Han sido unos cultos peculiares, que ha predicado el párroco don Manuel Sánchez de Heredia, siendo hermano mayor Juan Sánchez Cumplido. Acostumbrados a la magnificencia de la función de iglesia, en la cual los hermanos, sobre todo ellas, sacaban y lucían las mejores galas y al pregón, que este año iba a pronunciar Luis Alfonso Benítez Lobo todo parecía algo extraño. Pero, así fue, y no hay que darle más vueltas.

Y se aproxima Pentecostés, la gran fiesta de la Venida del Espíritu Santo, ese Amor Eterno que se tienen el Padre y el Hijo. Decía el gran teólogo dominico Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, que el Padre engendra eternamente al Hijo y ese Amor Eterno que ambos se tienen es el Espíritu Santo. Pues bien el Divino Espíritu, al cual la tradición representa en forma de Paloma bajó sobre María y el colegio apostólico que estaban recogidos. Les dio fuerzas para salir y predicar el Evangelio, lo que causó gran asombro porque hablaban lenguas distintas. Pues bien, la Pascua de Pentecostés tiene tres días: el Domingo dedicado al Espíritu Santo, el Lunes a la Virgen y el Martes a San José. De ahí la importancia del Padre Putativo de Cristo en la tradición rociera o, más bien, rociana, palabra más antigua usada para los devotos de la Virgen del Rocío.

Este año Dos Hermanas, la número 17 entre las filiales del Rocío -al igual que era la 19 entre las que acudían a la romería de Nuestra Señora de Consolación de Utrera, sin contar la de esta ciudad- no podrá pasar por Coria, ni dormir en los Silos de Colina, ni pasar el Quema, ese Jordán rociero, ni presentarse en la Parroquia de Santa María Magdalena de Villamanrique de la Condesa, ni dormir en el Camino de las Glorias, ni pasar por Palacio, la Raya Grande y la Raya Chica, ni pasar el Ajolí, ni entrar en la Aldea la noche del viernes. No vamos a poder presentarnos el sábado, ni esperar el devotísimo y tranquilo rosario de Almonte, ni acudir con nuestro Simpecado al pontifical, ni ir al rosario de la noche del domingo. Ahora mismo me transporto al Rocío. Me veo nervioso esperando la salida de mi Virgen, de mi Blanca Paloma -que la representa a Ella y a su Esposo, el Espíritu Santo-, de mi Reina de las Marismas, de la Patrona de Almonte, como no, del Pastorcito Divino. Creo que en la mágica noche del Lunes de Pentescostés, el que más y el que menos llorará, recordará a sus mayores -yo, en mi caso a mi abuelo Antonio Alonso Madueño y Ana Muñoz Blanco y mis tíos abuelos José Pérez Iborra y Dolores Antonia Muñoz Blanco-, verá pasar la vida de tantos y tantos rocieros que nos dejaron pero siempre quedará el consuelo de rezarle a la Blanca Paloma que nos invita siempre al banquete de bodas de su Hijo, al banquete de bodas, como me gusta acabar, del Cordero. Vale.

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