Conchita Valladares tuvo una peluquería de señoras en calle Francesa durante 34 años. Ya retirada, nos revela el secreto para que su negocio fuera un éxito
Me recibe, con su perrita Yoli, en su casa de calle Francesa, la misma donde nació en 1949 y donde tuvo su peluquería de señoras. Retirada por una fibromialgia, Conchita Valladares dedica ahora su tiempo libre al arte, elaborando cuadros con punto de cruz. Le hago esta foto en el sofá, junto al cuadro que ella ha titulado “La chica de la primavera”.
¿Cuánto tardaste en hacer este, Conchita?
Tres años y medio. A mí no me gustan las cosas fáciles. Y Dios me bendijo con estas manos. Siempre he tenido mucha destreza.
¿Cuando abriste la peluquería?
En marzo de 1969. Me costó arrancar, porque en esa época no había periódicos ni móviles y era difícil darse a conocer. Las citas había que cogerlas llamando a un teléfono fijo. Pero a los dos o tres años, ya la tenía llena de clientas, de lunes a sábados.
¿Fuiste peluquera por vocación?
Por vocación y por formación. De pequeña, me encantaba el olor de la permanente. Me parecía una fragancia. Pero antes de abrir, me formé un año en la Academia Bermúdez, de Sevilla. Iba a diario en Los Amarillos. Mi madre, que era viuda y estaba muy entrampá, le preguntó a los profesores si yo estaba preparada. Y le dijeron: “Su hija va a dar mucho que hablar, trae la profesión en la masa de la sangre”.
¿Y diste que hablar?
¡Por supuesto! No había una peluquería más moderna que la mía. Me esmeraba mucho por estar a la última, tanto en peinados como en mobiliario. Recibía la revista “Coiffure” de París y copiaba las técnicas de los cortes. Fui varios años a Madrid a hacer un Curso Internacional de Peluquería. Salíamos en autobús desde La Giralda, toda la noche en el camino. Me saqué el título de “Carnet de Empresa Responsable”. Y la casa Loreal me eligió para ir a Nueva York a un Campeonato del Mundo de Peluquería. Pero no fui.
¿Por qué no?
Porque eso fue antes de conocer a mi novio. Yo era soltera y mi madre no me dejó. Yo a ella no le daba disgustos.
¿Cuando conociste a José María Díaz, que después fue tu marido?
En 1982, en la Discoteca 2001. Y en 1983 nos casamos. Tenía yo 33 años y él 38. Tuvimos tres hijos. José María murió muy joven, con 47 años.
Cuando dices que eras la peluquera más moderna de Dos Hermanas. ¿A qué te refieres en concreto?
Por ejemplo, introduje el secador de mano. En un desfile en Sevilla proyectaron una película, y ahí vi cómo Jean Louis David secaba el pelo con un secador de mano, así que me compré uno y fue toda una sensación en el pueblo, porque nadie sabía hacerlo como yo. Recuerdo que los primeros que vendieron eran Taurus y salían ardiendo. ¡Había que comprar uno todas las semanas!
También tuve mucho éxito arreglando novias, madrinas y niñas de comunión. Las peinaba y las maquillaba en su casa. En Madrid, una peluquera llamada Mari Carmen Madrigal me enseñó a colocar el velo sin poner un solo alfiler, y cuando lo hice aquí, impactó mucho. ¡Mis novias eran muy sonadas! Cuando las veían, decían: “A esta la ha arreglao la de Valladares”. Una foto de una novia mía estuvo seis años en el escaparate de Estudio Enrique, en Sevilla.
¿Qué tipo de clientela tenías?
De todo tipo. Aquí entraba desde la mujer de un albañil hasta gente de mucho nivel. Todos los lunes venía a arreglarse una de los Osborne.
Yo no creé una clientela. Creé una familia. Todas me daban dos besos al entrar, y todavía me paran en la calle con mucho cariño. Incluso se acercan a darme un abrazo aquellas niñas de las comuniones.
¿Cuántos años estuvo abierta la peluquería?
Desde 1969 hasta 1992. Ese año mi marido cayó enfermo y estuve 7 años apartada del mundo del negocio.
En un lugar donde se escuchan tantas cosas, ¿cual es el secreto para mantenerse casi 34 años?
Ver, oír y callar. Me lo dijo mi madre: “Escucharás muchos chismes. Cuando una hable mal de otra, tú di que no sabías nada”. Si una clienta me decía: “¿Sabes que fulanita se ha quedao embarazada?”, yo, aunque lo supiera, decía que no sabía nada.
Estás deseando contarme alguna anécdota…
¡Pues ha habido miles! Una vez, dos clientas me pidieron que arreglara a una prima que se iba a casar. Se resistía, porque yo cobraba 5.000 pesetas, pero las primas le pagaron una parte. Esta chica se movía en un vespino e iba siempre con el pelo volando. El marido de la prima le comentó a su esposa que yo tendría que hacer un milagro para poner guapa a aquella mujer. El día de la boda, viéndola entrar en la iglesia, le dijo: “¡Quilla, es verdad que tu peluquera arregla bien! La boca la tenía chica y se la ha puesto grande, y los ojos también”
¿También tuviste aquí una boutique?
Sí. Eso fue posterior. Entre 1999 y 2003. Iba a las ferias de la moda y vendía aquí ropa de Italia, Holanda, Reino Unido…
Te veo muy guapa…
Muchas gracias. Me gusta ir bien vestida y arreglada, pero sin provocación.



































