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miércoles 7 de octubre de 2026
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Un cristo metido en un taxi y otras historias curiosas de la Guerra Civil en Dos Hermanas

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Guerra Civil
Soldados italianos en Dos Hermanas (1937).

Piñón se llevó tres años escondido en el soberao de su casa. El niño Manuel Ruiz fue vendido por su madre a unos lateros húngaros por 10 pesetas

Ahora que se han cumplido 90 años del inicio de la Guerra Civil, he recopilado historias  curiosas que algunos nazarenos me contaron en tantos años dedicados al periodismo en Dos Hermanas. Hoy destilan el aroma de la anécdota, pero nunca olvidemos que fueron enormes tragedias causadas por la guerra.

La primera escena es la de un taxi esperando en la puerta de la iglesia en llamas, la madrugada del 19 de julio de 1936. María Ignacia Pastora de Dios y su hijo Fernando Asencio salen de Santa María Magdalena portando, como pueden, la imagen del Cristo de las Misericordias, al que han salvado del fuego. Metieron al cristo en el taxi y se lo llevaron a la Venta Las Palmas. Allí estuvo escondiedo un tiempo en un viejo ropero, más tarde fue instalado en un altar y no salió de aquella casa hasta 1991. Hoy este cristo gótico preside la Parroquia del Ave María y San Luis.

Favores que valíeron una vida

Aquellos días hubo muchos muertos, y otros salvaron la vida de milagro. Fue el caso de Eustaquio Cotán, barbero, corresponsal de prensa y republicano. Escribió para “EL Liberal” la crónica de aquel día de 1932 en que Blas Infante izó la bandera andaluza en el balcón del Ayuntamiento. Estaba en la lista de los que había que fusilar. En el momento de entrar en su casa, uno de los responsables de la redada recordó que Cotán una vez le hizo un favor y decidió salvarle del tiro en la nuca. El favor fue haberse levantado un día de madrugada, estando enfermo, para ir a Sevilla a llevar una noticia de última hora a la sede de su periódico.

Algo parecido le sucedió a Miguel Rubio Muñoz, que salvó la vida dos veces en el mismo día (la primera, al esconderse en su casa de calle Fornet cuando se llevaron a los primeros; la segunda, cuando su amigo Manuel Andrés Traver lo sacó de la Casa de Socorro, donde estaba detenido) o al boxeador Francisco López Alanís “Mangolo”, al que bajaron de un tren que iba a Barcelona y, cuando fue encarcelado en Sevilla en un barracón previo al fusilamiento, pasó por allí casualmente su vecino, el cabo Francisco Pino, que lo liberó y le dijo: “Si quieres vivir, sal corriendo para Dos Hermanas campo a través y no pares hasta que llegues a tu casa”. Mangolo murió en 1992, con 84 años.

Peor suerte tuvo Juan Durán, obrero que estuvo escondido más de quince días en un eucaliptal para no ser encontrado por los fascistas. “Sé que voy al mataero, tráeme a los niños esta tarde”, le dijo a su esposa. Besó a sus hijos y se apartó a un maizal para que no le vieran llorar. Fue fusilado en Barranco el 15 de agosto. Cuentan que a Ana, su esposa, le dio un ataque cuando le llevaron su reloj, la cartera y la americana, y estuvo seis años enferma. 

Escondido tres años en un soberao

La historia de Manuel Núñez Claro “Piñón” me la relató él mismo de viva voz en una entrevista que le hice en 1997, con 90 años. Como en la película “La trinchera infinita”, Piñón (que fue presidente de la Sociedad de Campesinos de Dos Hermanas) estuvo tres años escondido en el soberao de su casa en calle Quevedo, adonde llegó escondido en el cerón de una mula, tapado por sandías. Su mejor amiga, Loli Arana, iba en un autobús de Los Amarillos y, a la altura de Los Palacios, la bajaron y la mataron allí mismo. Piñón me dijo que los falangistas la mataron porque creían que era su novia.

Un niño vendido

Todavía viven algunos nazarenos que fueron niños de la guerra. Ascensión Montoro me contaba que  pasó mucha hambre y que llegó a comer cáscaras de habas y carranchas. “El Garaje del Coriano”, me dijo, “lo convirtieron en un cuartel para los soldados italianos y allí nos íbamos a por el “rancho”. Nos daban lentejas y potajes en cacharritos de aluminio”.

Haciendo un inciso, de aquellos italianos (“camisas negras” de Mussolini) destacados en Dos Hermanas, hubo quienes se enamoraron de mujeres nazarenas. Algunos se casaron, caso del napolitano Luigi Romano (la boda con Concepción Gómez se celebró en la ermita de Santa Ana) y hubo otros que las dejaron embarazadas y desaparecieron para siempre.

Volviendo a los niños, me impactó mucho escuchar, de su propia voz, el relato de la infancia de Manuel Ruiz, hijo de Isabel González Garabito, portera del “colegio del cementerio”. Al quedarse viuda, fue “colocando” a sus otros hijos con familiares y se quedó con el pequeño Manuel, de cuatro años. En plena guerra, “unos lateros húngaros se brindaron a recogerme y mi madre me vendió por 10 pesetas, que entonces era un dineral”. Manuel, que trabajó como policía local en Sevilla, me contó esto en un salón presidido por la foto de su madre, a la que no guardaba ningún tipo de remordimiento.

Antes de terminar, apunto brevemente la historia de un héroe anónimo de la guerra: la de Rafael Pedrera, cartero en la oficina de la calle Melliza, que se ofrecía a escribir cartas a todas las madres analfabetas que querían escribirle a sus hijos en el frente. Una vez escritas, con ayuda de su esposa, en su casa, forraba con sacos los paquetes que iban para aquellos soldados. Nunca hizo alarde de los favores que hizo.