El investigador nazareno participa en un descubrimiento que podría cambiar parte del conocimiento actual sobre los agujeros negros supermasivos
Dos Hermanas vuelve a estar presente en la primera línea de la investigación científica internacional. El astrofísico nazareno Alberto Domínguez, investigador y profesor en la Universidad Complutense de Madrid, forma parte del equipo que acaba de publicar un importante hallazgo sobre los agujeros negros supermasivos.
De las calles de Dos Hermanas a la investigación internacional
Alberto Domínguez nació y creció en Dos Hermanas. Su infancia transcurrió junto a la Parroquia de Nuestra Señora del Amparo y San Fernando. Como muchos vecinos de su generación, tuvo en el quiosco de Paquino uno de sus lugares habituales.
Realizó sus estudios de EGB en el colegio Cervantes, donde recuerda con cariño a docentes como la señorita María, don Manuel y don Wenceslao. Más tarde cursó el Bachillerato y COU en el instituto Virgen de Valme.
Su pasión por la ciencia comenzó a tomar forma durante aquellos años. Posteriormente estudió Física en la Universidad de Sevilla. Muchas de sus horas de preparación las pasó en la Biblioteca Municipal Pedro Laín Entralgo, en Huerta Palacios.
Un descubrimiento sobre los agujeros negros supermasivos
El trabajo científico ha sido desarrollado por investigadores del Instituto de Física de Partículas y del Cosmos (IPARCOS) y publicado recientemente en la revista especializada Astronomy & Astrophysics.
La investigación se centra en los llamados blázares, un tipo de agujero negro supermasivo situado en el centro de galaxias muy lejanas.
El equipo ha identificado un fenómeno denominado «enmascaramiento geométrico», un efecto de perspectiva capaz de ocultar la verdadera energía de los chorros emitidos por estos objetos cósmicos.
Según los investigadores, este fenómeno podría provocar interpretaciones erróneas sobre el comportamiento de algunos de los objetos más energéticos del universo.
Un nazareno con vocación científica
La carrera de Alberto Domínguez le ha llevado a vivir durante varios años en Estados Unidos y a participar en proyectos internacionales de investigación.
Actualmente desarrolla su labor profesional en Madrid. Sin embargo, mantiene una estrecha relación con Dos Hermanas, donde siguen residiendo familiares y amigos de toda la vida.
Siempre que puede regresa a la ciudad. Lo hace en Navidades, durante algunas Semanas Santas y también en la Feria de Mayo, donde es socio de la caseta «El Callejón».
Además, ha sido hermano de la Hermandad de la Oración en el Huerto durante prácticamente toda su vida.
Ciencia con raíces en Dos Hermanas
El investigador destaca que logros como este demuestran que desde una ciudad como Dos Hermanas también es posible contribuir al avance del conocimiento mundial.
Su participación en este descubrimiento sitúa nuevamente el nombre de la ciudad en el mapa de la investigación científica internacional y sirve de inspiración para las nuevas generaciones interesadas en la ciencia y la tecnología.
Alberto Domínguez responde a las preguntas de El Nazareno para profundizar en los detalles de este hallazgo y en su trayectoria profesional.
¿Cuándo recuerda que aparece su pasión por las Ciencias?
Apareció bastante pronto, con 12 o 13 años empecé a leer divulgación científica y me encantaba. Me marcaron especialmente ‘Cosmos’, de Carl Sagan, y ‘Breve historia del tiempo’, de Stephen Hawking. Ya años más tarde llegaron libros como ‘¿Qué sabemos del universo?’, de Juan Pérez Mercader, o ‘El cosmos en la palma de la mano’, de Manuel Lozano Leyva, que curiosamente acabaría siendo años después uno de mis directores de tesis doctoral.
¿En qué momento se plantea estudiar Física?
Desde esa época ya lo tenía bastante claro. Aquellos libros me despertaron la curiosidad por entender cómo funciona realmente el Universo, aunque también me gustaba aprender de historia y biología; pero la astrofísica tenía algo que me atrapaba especialmente.
¿Cómo da el salto a la Astronomía?
El salto fue bastante natural al terminar la carrera en la Universidad de Sevilla porque siempre era lo que quería, aunque hubo momentos en los que no estaba seguro si tendría la posibilidad. Al final, tras insistir con varios profesores, apareció la oportunidad en mi misma facultad. Empecé el doctorado allí mismo, aunque pasé largas estancias en el Instituto de Astrofísica de Andalucía, en Granada, y en la Universidad de California, Santa Cruz.
¿Cómo termina un nazareno en la Complutense?
Pues dando bastantes vueltas. Al acabar el doctorado volví a Estados Unidos, donde ya había pasado un par de años durante mi doctorado y hecho contactos fundamentales para mi carrera, para hacer dos etapas posdoctorales: primero en la Universidad de California, Riverside, cerca de Los Ángeles, y después en la Universidad de Clemson, en Carolina del Sur. Tras unos seis años allí llegó el momento de volver a España.
Volví a España, finalmente estabilizándome en la Universidad Complutense de Madrid tras obtener dos de los contratos de investigación más competitivos del sistema científico español: primero un contrato Juan de la Cierva de dos años y después un contrato Ramón y Cajal de cinco años.
¿Qué asignaturas imparte?
Imparto la asignatura de Cálculo, donde explico, sobre todo, integrales de varias dimensiones con aplicación física, y también llevo muchos años dando la asignatura de Física General en la carrera de Biología. A veces sorprende, porque existe la idea de que los profesores solo enseñamos aquello en lo que investigamos, pero la realidad universitaria es bastante más amplia. Mi investigación gira alrededor de los agujeros negros y la cosmología, pero mi docencia no tiene por qué coincidir exactamente con eso.
¿Cómo fomentaría el interés por las Ciencias entre la juventud?
No estoy seguro de que el objetivo tenga que ser necesariamente que todo el mundo quiera dedicarse a investigar. La investigación es una actividad muy vocacional y exigente; requiere curiosidad, pero también constancia, paciencia y bastante tolerancia a la frustración.
Dicho esto, tampoco es algo reservado a unos pocos “genios”. Con interés, esfuerzo y dedicación, muchas más personas de las que a veces se piensa pueden dedicarse a la ciencia. Es importante no transmitir una imagen excesivamente elitista de la investigación.
Lo que sí me parece importante es acercar una buena comprensión de cómo funciona la ciencia. No es un conjunto de verdades inmutables, pero tampoco algo arbitrario. La ciencia avanza revisando, corrigiendo y refinando ideas con nuevos datos, y esa capacidad de autocorrección es una de sus grandes fortalezas. El desafío está en transmitir todo eso de forma accesible sin simplificarlo en exceso.
¿Cómo es su relación con el alumnado?
En clase me gusta mantener un formato bastante estructurado, con una explicación clara y ordenada de los contenidos. A partir de ahí, intento que haya espacio para preguntas y para resolver dudas, pero considero importante que exista una base sólida de exposición por parte del profesor, así como el trabajo y el estudio por parte del estudiante.
En estos años sí he notado que el punto de partida del alumnado es más diverso y que, en general, llegan menos habituados al trabajo individual continuado, lo que obliga a reforzar más esos aspectos durante el curso.
Con los estudiantes de proyectos o tesis la relación es más directa. Es un trabajo más cercano y continuo, donde el trato se asemeja más al de un compañero en etapas iniciales de la carrera investigadora.
¿Qué papel juega la investigación en su vida?
Un papel central. La investigación en astrofísica no tiene horarios definidos; muchas veces el problema te acompaña fuera del despacho. Puedes estar dándole vueltas a un código, a un resultado inesperado o a un dato que no termina de encajar con el modelo, incluso en momentos ajenos al trabajo.
También implica bastante movilidad: es habitual viajar con frecuencia, tanto por colaboraciones como por estancias en otros centros.
A nivel personal, requiere mucha paciencia y una alta tolerancia a la frustración, porque buena parte del tiempo las cosas no salen a la primera, y es importante que el propio trabajo te guste; si no, todo se hace mucho más complicado. Pero cuando, después de mucho trabajo, un resultado empieza a encajar y se entiende mejor un problema que antes era confuso, la satisfacción compensa con creces todo el esfuerzo.
¿Cuál es su objetivo o meta profesional?
Aunque suene a tópico, mi objetivo es seguir aportando pequeñas piezas al conocimiento que tenemos del Universo. Me doy por satisfecho si, al final de mi carrera, he contribuido a entender un poco mejor cómo evolucionan las galaxias y si, además, he ayudado a formar a jóvenes científicos que puedan continuar ese trabajo.
Ha dirigido un importante proyecto de investigación que ha dado sus frutos, ¿qué nos puede contar sobre los agujeros negros supermasivos?
Los agujeros negros supermasivos se encuentran en el centro de la mayoría de las galaxias y son algunos de los objetos más extremos del Universo. Su influencia no se limita al entorno inmediato: desempeñan un papel importante en cómo las galaxias crecen y evolucionan a lo largo del tiempo. En última instancia, forman parte del ecosistema galáctico que condiciona la evolución del gas, la formación de estrellas y, de forma indirecta, los entornos donde pueden formarse sistemas planetarios y, potencialmente, las condiciones necesarias para la vida.
Cuando los agujeros negros supermasivos acumulan materia, liberan enormes cantidades de energía en forma de chorros de partículas que viajan a velocidades cercanas a la de la luz y que pueden observarse a grandes distancias. Lo que hemos encontrado es que esos chorros tienen una estructura en dos capas: una región interna muy energética (la «espina») y una envoltura externa (la «máscara») que domina la emisión cuando el chorro apunta hacia nosotros. Esta geometría hace que, en determinadas orientaciones, la emisión de la envoltura actúe como unos faros de coche vistos de frente: nos deslumbran y ocultan parte de la información física del sistema, de modo que no percibimos con claridad el verdadero núcleo hasta que cambia la perspectiva de observación. Vistos desde la Tierra, estos chorros pueden resultar muy engañosos.
¿Qué sintió la primera vez que comprobaron que los datos encajaban con esta hipótesis después de analizar casi dos décadas de observaciones del telescopio espacial Fermi?
En realidad no partíamos de una hipótesis concreta sobre el comportamiento: estábamos analizando casi dos décadas de observaciones del telescopio espacial Fermi de la NASA, dentro de una colaboración internacional de la que formo parte, con el objetivo de caracterizar la variabilidad de estos objetos.
Al empezar a explorar los datos nos encontramos con algo inesperado: el comportamiento del chorro presentaba dos patrones claramente diferenciados. Tras múltiples pruebas de consistencia y análisis estadísticos, vimos que la explicación más natural era que no estábamos viendo un único componente, como se había asumido habitualmente, sino dos componentes distintos superpuestos. Llegar a esa interpretación fue un proceso gradual de verificación, más que una confirmación inmediata de una idea previa.
Es algo que puede parecer lejano para el día a día, ¿los resultados de su investigación tienen repercusión en la vida cotidiana? ¿Hasta qué punto influyen también, indirectamente, en nuestra propia existencia?
Sí hay un impacto en la vida cotidiana, aunque no siempre a corto plazo ni de forma evidente. Para estudiar estos fenómenos necesitamos desarrollar instrumentación muy avanzada, y parte de esa tecnología acaba trasladándose con el tiempo a otros ámbitos.
Además, estos estudios requieren el desarrollo de técnicas estadísticas avanzadas para extraer información de grandes volúmenes de datos, metodologías que en muchos casos acaban teniendo impacto en otros campos, desde el análisis de big data en grandes empresas hasta aplicaciones en procesamiento de señales o ciencia de datos en sentido amplio.
Históricamente, muchas tecnologías nacidas de la astronomía y la física de partículas han terminado formando parte de nuestra vida diaria: desde los sensores de imagen de cámaras y teléfonos móviles, perfeccionados originalmente para telescopios, hasta avances en comunicaciones inalámbricas, computación avanzada o tecnología médica utilizada en hospitales. Comprender cómo funciona el universo no solo amplía nuestro conocimiento: también impulsa, de manera indirecta, la tecnología del futuro.
Por otra parte, estos objetos juegan un papel importante en la evolución de las galaxias. Entenderlos es también entender la historia de la Vía Láctea, la formación del Sistema Solar y, en última instancia, el contexto físico en el que surge nuestra propia existencia. Investigar el cosmos nos acerca a una de las preguntas más antiguas de la humanidad: de dónde venimos.
Los agujeros negros desempeñan un papel fundamental en la evolución de las galaxias; sin ellos, el universo probablemente no sería como lo conocemos y no existirían las condiciones que hicieron posible la formación de estrellas, planetas y, en última instancia, nuestra propia existencia.
¿Es importante encontrar formas sencillas de acercar la ciencia al gran público?
Sí, es importante, pero no es sencillo. La ciencia está financiada en gran medida con recursos públicos, y es razonable que exista una devolución en forma de conocimiento accesible.
El reto está en explicar sin distorsionar. La simplificación es necesaria, pero si se lleva demasiado lejos puede generar ideas equivocadas sobre cómo funciona realmente la ciencia o sobre su carácter dinámico.
En este trabajo han tenido un papel importante jóvenes investigadoras como Elena Madero y Adithiya Dinesh. ¿Qué importancia tiene para usted la formación de nuevas generaciones científicas?
Es una de las partes más satisfactorias del trabajo. Ver cómo estudiantes y doctorandos pasan de una fase inicial a contribuir activamente en análisis complejos es muy gratificante.
La universidad no es solo un lugar de producción científica, sino también de formación de personas que continuarán ese trabajo. Sin esa continuidad, la investigación no tendría sentido a largo plazo.
Muchos jóvenes pueden leer esta entrevista y pensar que la ciencia es algo lejano o inalcanzable. ¿Qué le diría a un estudiante nazareno que sueña con dedicarse a la investigación?
Le diría que no se autolimite. La ciencia no es un ámbito reservado a unos pocos, sino un camino accesible para quien tenga curiosidad y esté dispuesto a trabajar con constancia.
El hecho de venir de un lugar concreto no determina las posibilidades. Lo importante es el interés, el esfuerzo y la capacidad de aprendizaje. Si existe esa motivación, el recorrido es perfectamente posible.
Después de este descubrimiento, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Qué preguntas quedan todavía por responder sobre los agujeros negros supermasivos?
El siguiente paso es ampliar nuestros estudios a un mayor número de galaxias y comprobar si el comportamiento observado en estos casos es general o si depende de condiciones específicas.
También queda por entender con más detalle el origen de la variabilidad de los chorros, incluyendo una posibilidad muy interesante que estamos explorando en varios trabajos: escenarios más complejos en los que el movimiento del chorro esté determinado por sistemas de dos agujeros negros supermasivos orbitando entre sí. Es un escenario que encaja bien con lo que sabemos de la evolución de las galaxias, pero que es extremadamente difícil de demostrar de forma robusta.
Tras pasar años estudiando algunos de los fenómenos más extremos del Universo, ¿qué es lo que más le sigue fascinando del cosmos?
La escala de los fenómenos y la capacidad de la ciencia para estudiarlos. Estamos observando objetos cuya luz ha viajado miles de millones de años hasta nosotros, en un Universo donde trabajamos con magnitudes extremas: distancias de miles de millones de años luz, energías inimaginables y escalas de tiempo que van desde fracciones de segundo hasta la edad del propio Universo, de unos 13.800 millones de años.
En ese sentido, la astrofísica es también una forma de estudiar el pasado del Universo. Resulta llamativo que, a partir de datos tan lejanos, podamos reconstruir procesos físicos con bastante precisión, aunque todavía haya muchísimas cosas que no entendemos.
También me parece importante subrayar el contraste histórico: en apenas unos 100 años hemos pasado de no saber siquiera que nuestra galaxia, la Vía Láctea, era una entre miles de millones, a poder cartografiar estructuras a escalas cosmológicas y estudiar poblaciones de galaxias a distancias de miles de millones de años luz. El nivel de ignorancia sigue siendo enorme, pero el avance en muy poco tiempo ha sido extraordinario.
Aunque desarrolla su carrera científica en Madrid y ha trabajado en universidades de Estados Unidos, sigue definiéndose como “nazareno” ¿Qué vínculo mantiene hoy con Dos Hermanas?
El vínculo de las raíces. Uno puede cambiar de ciudad o de país, pero el origen siempre permanece como referencia.
Dos Hermanas sigue siendo mi entorno personal: la familia, especialmente mis padres, los amigos y los lugares de siempre. Madrid es mi lugar de trabajo y mi casa, donde estoy muy contento, pero el vínculo con mi ciudad de origen sigue siendo un punto de referencia constante en mi vida.
Alberto insiste que es importante “comprobar que desde Dos Hermanas también se puede contribuir a la primera línea de la ciencia internacional”.






































